.


MENÚ

"Es la mundanidad humana la que salvará a los hombres de los peligros de la naturaleza del hombre"
Hannah Arendt

12 marzo, 2015

El cambio en momentos post-chavistas


Juan Cristóbal Castro
“Todos: Agravios nunca esperan”
Fuenteovejuna, Lope de Vega
I

En tiempos turbulentos quizás es importante pensar la violencia. Walter Benjamin en un fascinante y problemático trabajo, “Zur Kritik der Gewalt”, tiene una clave en su concepto de “fuerza divina”, tan manoseado por muchos, que quisiera releer críticamente. Antes de comentarlo, creo importante tomar en cuenta la situación venezolana. Al igual que antes, el gobierno va a seguir provocando con planes conspirativos y guerras contra el imperio. Si bien es justo decir que ello puede alejarnos del camino electoral, espacio de ruta para el cambio, también hay que decir que lo peor puede ser el fomentar una vez más la división entre los opositores, la dispersión entre grupos, dejando de lado la sana lucha por la construcción de una alternativa.
Sabemos que la legitimidad de facto con este gobierno está en entredicho. Es claro el irrespeto a las leyes, a los rituales institucionales, con elecciones no tan claras, y con persecución política. También la legitimidad simbólica tiene serios problemas en todos los sentidos, ya carente de las trampas del carisma, de la representatividad de las encuestas y el imaginario chavista. Desnudo el emperador, cualquiera pensaría que las cosas están de nuestro lado y, en consecuencia, cualquier forma de violencia es válida para restablecer la libertad.
Sin embargo, la experiencia histórica de estos quince años nos dice que nos hemos equivocado muchas veces cuando más hemos estado cerca de un posible final, porque no hemos entendido cómo manejar la situación, partiendo de un mal diagnóstico sobre la misma. El famoso concepto de Walter Benjamin, que incorpora en su texto de los años veinte, puede ayudarnos a pensar este problema. Me detengo a resumirlo, y repensarlo, muy someramente.Salvoz Zizekn un acontecimiento inesperado, radical, sin contenido, y que irrumpe sobre el orden estblecido.
edimientos
II
En el conocido texto de Benjamin se esgrime, contra la opinión liberal, que derecho y justicia no son lo mismo. Por lo general la civitas tiende a fundarse en las leyes, mientras que la barbarie en la anarquía y la violencia. Este pensamiento binario es descompuesto por el pensador alemán.
Para él, sí hay una violencia en el derecho mismo, por más que nuestros discursos tiendan a verlo como la encarnación de la paz y la reglas civilizadas. Se da en dos vertientes: una jusnaturalista que justifica el terror, como sucedió con la revolución francesa si el fin es justo, y otra positivista, que justifica la violencia si es para mantener los medios, es decir, las reglas y procedimientos, tal como podemos ver en los dilemas que tiene House en la serie de televisión con los protocolos médicos del Hospital donde trabaja, que tiene que violar constantemente para salvarle la vida a sus pacientes. Ambas se expresan además en dos dimensiones: o bien para fundar el derecho, o bien para mantenerlo.
Benjamin se concentra después en hablar de la huelga, el derecho de guerra, el servicio militar obligatorio o la misma pena de muerte para mostrar cómo se dan estas violencias dentro de las leyes. Se detiene específicamente en el peligroso rol que puede tener la policía en las democracias parlamentarias en el que a veces se confunden las violencias conservadoras de derecho con las fundadoras de derecho, ya que esta institución en su actuación muchas veces con el argumento de la seguridad puede ir más allá de lo que prescribe el sentido común en el momento.
Creo que esta violencia contenida en las leyes mismas explica muy bien cómo siempre las tiranías no se salen de cierto lenguaje jurídico; cómo lo usan para perseguir a sus opositores. Es más, esta violencia inserta potencialmente en las instituciones parlamentarias nos sirve para entender mejor el chavismo, el modelo por excelencia post-ideológico de la tiranía contemporánea, que llegó proponiendo junto a otros sectores una nueva constitución, socavándola desde dentro.
El problema con esta violencia, que Benjamin llama “mítica”, es que de antemano culpabiliza a alguien de manera potencial. Cada ley prescribe un castigo suponiendo que alguien va a cometer una infracción. Además, en la práctica se diluye su presunción de igualdad al darle beneficios a quienes encarnan los poderes fácticos, pues son quienes siempre saben manejar mejor sus reglas y protocolos: un extranjero, o un pobre campesino analfabeto, están así siempre más expuestos a ser culpables de algún crimen porque no conocen bien las leyes y procedimientos, tal como sucede con Joseph K en el Proceso.
Para salir de ese círculo vicioso donde el ser humano es visto potencialmente como alguien que va a violar la ley, y en donde en la práctica los poderosos siempre se salen con la suya, Benjamin propone otro tipo de violencia o fuerza ("gewalt" en alemán tiene las dos acepciones). La llama “divina”, no porque crea en Dios, sino porque se da en un acontecimiento inesperado, radical, sin contenido, y que irrumpe sobre el orden establecido como un milagro. Le es indiferente la vida biológica (la “mera vida”), porque lucha por la vida política (“vida justa”). Slavoj Žižek lo ve por ejemplo con las salidas de las favelas en Sao Paulo o la misma revolución francesa en su primer momento, otros en las comunas de París o en la “primavera árabe”.
Benjamin, por su lado, la piensa relacionándola con la huelga revolucionaria, siguiendo a Sorel, e inscribiéndose dentro de una imaginario utópico de cambio social muy moderno; en otro ensayo admiraba a los nuevos bárbaros como aquellos que construyen sobre las ruinas, pensando más en el futuro que en el pasado. La ficción cinematográfica la ha escenificado de manera terrorista con el plan de V de explotar el parlamento y acabar así el régimen ultraconservador del Fuego Nórdico en V de Vendetta, o el plan de Tyler con el Project Mayhem de destruir los registros de compañías de tarjetas de crédito y crear con ello un caos social que acabe con el capitalismo financiero en Fight Club. Nuestro crítico alemán es menos sensacionalista y radical; su propuesta más bien se acercaría a los trabajos de Eisenstein La huelga o el El acorazado Potemkin donde la rebelión de los trabajadores o marineros, tratados injustamente, amenazan al sistema en la figura de la masa que se rebela.
Sin embargo, el concepto y su aplicación puede tener consecuencias problemáticas. Ya en Benjamin vemos algunas elementos altamente cuestionables: la huelga revolucionaria de Sorel pretendía usar estas medidas de protesta militantemente, desde una idea de cambio tábula rasa y de heroísmo regeneracionista muy violento; “el proletariado se organiza para la batalla, separándose debidamente de las demás partes de la nación, considerándose como el gran motor de la historia”, decía el crítico francés. Además, el ejemplo de la Biblia que utiliza el pensador alemán es de una radicalidad que da miedo. Dios castiga a los seguidores de Korah, que para algunos críticos fue el primer revolucionario de izquierda de la historia, por su traición a la comunidad que lideraba Moises, aniquilando doscientos cincuenta personas, además de sus mujeres e hijos y 14700 seguidores por igual.
También en su aplicabilidad tiene serias limitaciones. ¿En qué terminó el Caracazo y las protestas populares en Sao Paulo si no en una mayor represión, si seguimos la manera como lo piensa Žižek? ¿Qué tanto logró la primavera árabe por ejemplo en Egipto de sacar a los militares del poder? Además, ¿qué garantía tenemos para saber que la violencia divina no pueda ser usada por la violencia mítica y fundar un estado de derecho más injusto que el anterior, o sacar a flote el elemento más represivo del viejo Estado? ¿No son dilemas éticos que hay que tomar en cuenta?
Quien nos ayuda a pensar mejor esta noción, que quizás pueda redimir a Benjamin de los elementos violentos de su pulsión utópica y rescatar lo más valioso de esta propuesta, sea el mismo Jacques Derrida. En “Nombre de pila Walter Benjamin” nos propone pensarla más bien como una violencia que no necesariamente tiene que esperar a un acontecimiento radical, exterior, fuera de toda legalidad, tal como celebra Žižek con extremo voluntarismo vinculándolo a nociones de Badiou y otros, sino que se puede dar dentro de las mismas instituciones.
Derrida se detiene en los ejemplos de Benjamin de la policía, de la huelga o el derecho de guerra para ver que son casos que evidencian que la dicotomía entre lo mítico y lo divino, y entre la violencia fundadora y conservadora de legalidad, no son tan claras como parece entenderse. El punto más importante es sobre todo cómo revela el problema de lo que viene después de la violencia divina. Si es una ruptura inesperada, ¿cómo saber que va a ser usada para bien o para mal?
Si bien a mi juicio dramatiza demasiado las implicaciones violentas de la propuesta benjaminiana, la alternativa que propone para pensarla es altamente productiva. La violencia divina es así una suspensión del derecho, no necesariamente una negación. Ahora, esta suspensión no se tiene que impulsar voluntariamente en un ejercicio de no retorno, siguiendo la lógica de excepcionalidad de Schmitt, sino en un trabajo de interpretación radical que advierta lo negado en un orden legal o textual, introduciendo así otras posibles lecturas más justas.
Como las instituciones son prácticas y rituales del lenguaje, significa que están expuestas al error y la contingencia, a la mala interpretación y también a la lucha de interpretaciones en contextos determinados. Eso quiere decir, en otras palabras, que siempre entre su pretensión performativa y su realización concreta, hay una distancia que permite incluir variables no previstas. El deconstructor, en el sentido que propone Derrida, es el que puede advertir ese espacio de diferencia y diferimiento (différance) para abrir posibilidades de sentidos que incluya las historias negadas por el derecho mítico o los textos que lo fundamentan, reivindicando la promesa de toda legalidad que es siempre, por más intangible que sea, la justicia.

III
La gran pregunta en la Venezuela actual es si el cambio de este régimen se daría sólo sentados en una escritorio deconstruyendo los textos fundacionales del chavismo, o si hay otras posibilidades para pensar la violencia divina sin la carga revolucionaria del voluntarismo que llama a un cambio tábula rasa. Para ello propongo pensarla como una operación que se da en varios ámbitos tanto fuera como dentro de la institucionalidad oficial.
Quizás en ese sentido me parece importante rescatar un viejo texto del crítico literario Stanley Fish. Se trata de un trabajo corto en el que replicaba a los críticos de su reconocido libro Is There a Text in This Class? sobre cómo pensar el cambio desde la propuesta de su teoría de las “comunidades interpretativas”. Me desvío por un momento para aclarar lo que dice.
Fish sostiene en el trabajo “Práctica sin teoría: retórica y cambio en la vida institucional” que nos encontramos en un mundo compuesto por diferentes “comunidades interpretativas” (abogados, deportistas, científicos, religiosos) que leen los textos del mundo desde los valores de su grupo. Sin bien está hablando de la lectura, puede ser aplicado a cualquier fenómeno. Un mismo acontecimiento, como un terremoto por ejemplo, podría ser leído para un religioso católico como un castigo de Dios, para un científico como una falla del subsuelo, o para un político moralista como una advertencia de las malas políticas públicas ambientales. El mismo suceso se puede así interpretar de distintas maneras, porque están mediados por el orden de valores del grupo a donde pertenece cada individuo.
¿Cómo entonces se da el cambio en cada comunidad, si parecieran estar cerrados desde su propio orden de valores y jerarquías? Fish ofrece su respuesta desde varios niveles. Primero, estas comunidades no son uniformes, tienen en su haber diversas corrientes que pugnan por ganar mayor legitimidad dentro de su esfera de influencias, usando sus interpretaciones sobre el mundo para ganar apoyos y hegemonía. Así, por ejemplo, en la Iglesia están los jesuitas, los dominicos, los franciscanos  o la gente del Opus Dei, donde pugnan visiones más conservadoras frente a otras más modernas en el orden económico, social, cultural o político. Segundo, que el cambio se da en una especie de relación dialéctica entre un suceso exterior y otro interior. Para que un terremoto no sea interpretado como un simple pecado divino en la comunidad religiosa, debe haber alguien dentro de ella con formación científica que acepte que su propósito obedecen a los movimientos del subsuelo, con ello hace visible y legítimo una manera de ver al suceso completamente diferente y novedosa que promueva el cambio dentro de la misma comunidad.
En este sentido, siento que la violencia divina, para evitar caer en los peligros de un cambio tábula rasa al estilo de Žižek y otros, o un mero ejercicio de trabajo interpretativo textualista, tal como algunos injustamente criticaron el proyecto derridiano, puede pensarse mejor usando esta idea del cambio en Fish. El acontecimiento debe darse dentro y fuera, en una zona liminar entre las dos. Si caemos en el voluntarismo revolucionario, perdemos la perspectiva del peligro de que pueda o fundar un nuevo derecho más peligroso, o más bien servir de justificación para que el sector más violento de la institucionalidad cobre fuerza y tenga la excusa perfecta para reprimir mejor. Si caemos sólo en el trabajo deconstructor desde dentro, si bien abrimos espacios para nuevas maneras de entender los procesos y cambio, puede que éstos sean vueltos a cerrar o subsumir por los grupos de poder dentro de la comunidad interpretativa.
Por ello lo más eficaz para una transformación es ir trabajando en ambos espacios. Desde afuera en un tipo de acontecimiento discontinuo, y desde adentro en un trabajo de negociación y deconstrucción. En algún momento habrá una reacción en cadena donde el suceso inesperado pueda ser aceptado e interpretado como una necesidad de apertura al “otro”, a quien es distinto, en nuestro caso: la mayoría de los venezolanos que quieren vivir en paz.
¿Pero cómo sería ese trabajo en ambos frentes? Yo s ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽los otros sectores , ni ios imparcialesaban dtanto afuera como adentro. tro crla institucionalidad. y el derecho naturí creo que tanto los normalizadores como los regeneracionistas de la oposición se necesitan. El problema es que lo están haciendo mal. Primero, porque han orquestado una lucha entre ambos que le ha quitado coherencia en sus mensajes a los venezolanos, legitimidad a sus acciones, y sobre todo esperanza a sus propuestas de unidad y paz. Segundo, porque se han movido fuera de los roles que he señalado.
      Los normalizadores tienen razón en aprovechar los espacios institucionales que deja todavía el gobierno, entre ellos las elecciones, pero podrían equivocarse al no cuestionar los procedimientos de despolitización y sectarismo que se dan dentro de los mismos. También tienen razón en crear mayorías, pero se equivocan cuando lo plantean desde el más craso populismo. Su fe en el diálogo y en el desgaste chavista se contrapone a la calle, cuando esta debería ser un terreno de poder para tener fuerza en las mismas negociaciones que tanto defienden, por no mencionar que es un músculo democrático importante para sus mensajes a falta de medios imparciales. Además, no tienen propuesta para lidiar con el descontento cotidiano y encauzarlo, y sólo se enfocan en las elecciones desde el cálculo electoral, a veces privilegiando el reparto de poder de sus desgastadas maquinarias partidistas. Se conducen así como fieles seguidores de la violencia mítica, preservando el derecho positivo, es decir, la idea de que los medios son buenos y hay que pelearlos con sus reglas, como si el gobierno los siguiera, sin pretender “deconstruirlos” desde dentro bajo formas más valientes y creativas.
      Los regeneracionistas tienen razón en mantener la crítica cada día y usar las calles, pero también se equivocan cuando no tienen objetivos concretos y creativos. Su mensaje se reduce en pedir la renuncia de Maduro o en hacer una constituyente, una lógica tábula rasa, y además ocupan mucha energía en negar al otro sector de la alternativa, en vez de invertir su esfuerzo y dinero en ayudar sectores de la sociedad civil a tener espacios para la discusión, para la crítica, y en convencer a los otros opositores de trabajar la calle de manera más política que histérica. Prescinden de una pedagogía con un ideario arraigado culturalmente y sin narrativas cohesionadoras con capacidad de movilización que vayan dando las bases del nuevo ciudadano que se quiere instaurar. Actúan como los viejos revolucionarios, usando la violencia divina para instaurar la violencia mítica en su versión “jusnaturalista”, corriendo el peligro de propiciar, como ya ha sucedido, hechos de sangre y mucho desgaste y frustración.
      Ambos sectores entonces niegan la violencia divina, cuando deberían trabajar desde sus distintos frentes en las condiciones para su instauración. Ello no ha ayudado para vislumbrar el terreno de lucha, porque el combate debe darse por igual en las calles, en las instituciones, en las ideas y en los símbolos. Sin embargo, nuestra alternativa sólo se ha quedado en el falso dilema entre las dos primeras en una guerra a muerte entre bandos, y desdeña la tercera y la cuarta.
      Ni Ghandi, ni el mismo Walesa, cerraron puertas a los diálogos, ni tampoco a las marchas, huelgas y luchas en la calle, que no fueron usadas abiertamente para tumbar el imperio británico o para sacar a los comunistas, o para pedirle la renuncia al presidente del momento. Se vieron como parte de una nueva comunidad política que trabajaba tanto afuera como adentro, avanzando en conquistas simbólicas bien concretas. Sólo así, fueron dislocando los presupuestos de la violencia mítica que los negaba, creando las condiciones para el cambio.


Benjamin, Walter. “Para la crítica de la violencia”. Ensayos escogidos. Trad. H.A. Murena. México:  Ediciones Coyoacán, 1999.109-129.
Fish, Stanley. Práctica sin teoría: retórica y cambio en la vida institucional. Madrid: Destino, 1992.
Sorel, Georges. Reflexiones sobre la violencia . Madrid: Alianza, 2005.
Žižek, Slavoj. “Introducción: Robespierre o la violencia del terror”. Robespierre: virtud y terror. Madrid: Verso, 2007. 5-51.

12 febrero, 2015

Como tomar en serio las teorías de la conspiración


                                                                                                 
             
                 Hugo Pérez Hernáiz
Todos somos teóricos de la conspiración

Alegatos de una guerra económica, psicológica, mediática, de cuarta generación, de baja intensidad, conducente a un golpe económico, magnicidio, sabotaje, son todos “teorías de la conspiración”, no porque sean verdaderos o falsos sino porque se basan en la suposición de que detrás de todo evento hay agentes que conspiran para llevar a cabo sus propósitos.
Nada más natural, conspirar es probablemente la segunda profesión más antigua. Desde el ámbito político al financiero, actores se ponen de acuerdo en secreto para obtener beneficios. Una buena dosis de escepticismo frente a las intenciones de ciertos actores y lo abierto de sus acciones es algo muy sano, sobre todo cuando esos actores son poderosos. Ese sano escepticismo nos hace a todos en pequeña medida teóricos de la conspiración. Dudamos, y hacemos bien en hacerlo, de la sinceridad de los poderosos porque sabemos que tienen intereses y que esos intereses no siempre coinciden con los nuestros.

Todos conspiran contra nosotros

Puede que no exista solución de continuidad entre la teoría de que algún político en secreto se reúne con otro para negociar algo y la teoría de que los Iluminati controlan el mundo, pero es evidente que hay una diferencia importante entre el escepticismo de la primera teoría y lo delirante de la segunda. La clave está en el alcance del poder explicativo de la teoría.
Mientras que en el primer caso limitamos nuestra teoría a los manejos secretos de actores concretos, en la segunda explicamos todo como el efecto de la conspiración. La literatura psicológica de principios del siglo XX llamó a esta condición “paranoia”. No se trata en tales casos de un escepticismo normal. El que cree en serio en tal teoría para explicar el mundo pierde el control de su vida, se siente perseguido y acosado. Nada pasa por casualidad: se cae un vaso de la mesa y en realidad ha sido tumbado por los conspiradores, piensa en algo y tal pensamiento ha sido inducido por sus enemigos, enferma y tal malestar ha sido “inoculado” por agentes del mal.

¿Es realmente necesario presentar evidencias?

El escéptico que sospecha de que algún político se reúne en secreto con un banquero para hacer malos tratos suspenderá su absoluta certeza de que tal reunión ha ocurrido hasta que tenga pruebas concretas. No así el teórico de la conspiración: otras formas retóricas de ofrecer evidencias operan en estos casos.
Cuando el ex-ministro Rodríguez Torres daba aquellas curiosas ruedas de prensa prometiendo pruebas de planes de magnicidio y golpes, mostraba como evidencia de sus teorías láminas de presentación en las que se señalaban “relaciones” marcadas con acusadoras flechas entre altos personeros imperiales, presidentes de otros países, exiliados políticos venezolanos, narcotraficantes, políticos locales y representantes de organizaciones de derechos humanos nacionales y extranjeras. Las flechas y punteros eran, en sí, la evidencia. Las ruedas de prensa siempre terminaban con la promesa de que en el futuro próximo se presentarían muchas más evidencias. Eso no ocurría nunca, pero en algún momento el ministro declaraba que ya habían sido presentadas suficientes evidencias el pasado.
El caso de Rodríguez Torres era extremo y casi cómico, pero por lo general el teórico de la conspiración no siente la necesidad de presentar evidencias en sí. La fuerza de la historia es suficiente para aceptar la teoría.
Por ejemplo, parte del discurso conspirativo latinoamericano está montado sobre la base de un fuerte sentimiento anti-imperialista. El anti-imperialismo es una forma retórica muy poderosa porque pretende partir de unos supuestos históricos que casi todo el mundo acepta: “El Imperio siempre ha metido su mano en América Latina y siempre lo hará”. Y en efecto todo latinoamericano aprende desde niño de casos históricos muy concretos y reales en los que las malas intenciones y acciones del Imperio han sido evidentes.
Pero una cosa es aceptar esa versión de la historia latinoamericana y otra muy distinta es leer esa historia en clave de “todo lo que ha sucedido en nuestros países es la consecuencia directa de la acción secreta de agentes imperiales”. El teórico de la conspiración obsesivamente busca en la historia “verdades” que luego absolutiza para todo tiempo y lugar. Así por ejemplo, como en el caso de Eleazar Díaz Rangel, descubre en documentos desclasificados del Departamento de Estado que a Allende en Chile se le hizo una “guerra económica” (no discuto si tal aseveración es en realidad posible descubrirla a partir de esos documentos), luego es de tontos no aceptar que al actual gobierno venezolano también se le está aplicando la misma receta conspirativa.
Es una forma de construcción retórica de la forma “ha sido así antes, es por lo tanto así ahora” que por supuesto no representa evidencia real de conspiración. Tan sólo requiere que el que escucha acepte la “historia” y de allí extrapole, que aplique la “lógica”, que no sea ingenuo, que se dé cuenta de que el mal siempre es el mal y siempre actuará de la misma manera.
Otra forma retórica muy común es el otorgarle a los eventos intencionalidad. A eventos provocados por accidentes se les atribuyen causas subjetivas, como el sabotaje. Las subidas de precios, la escasez, el acaparamiento, las colas, etc., pueden muy bien ser explicadas como las consecuencias objetivas y naturales de ciertas políticas económicas. Pero el teórico de la conspiración preferirá explicar esos males de la economía apelando a la intención del conspirador: alguien concreto está acaparando y subiendo los precios. A esta certeza de intencionalidad se añadirá la visión total del mundo: ese alguien que acapara está coordinando sus acciones de acaparamiento con otros actores: políticos, agentes del imperio, ONGs de derechos humanos, todos son parte de la conspiración que finalmente se expresa en ese acto pequeño que es el dueño de un abasto guardando la leche o el azúcar en su depósito.
Detrás de todo ello está también la explicación de los males preguntando a quién beneficia esos males. Para el teórico de la conspiración, que en esto actúa como muchos detectives de novelas policiales, bastará con descubrir quién se ha visto beneficiado por el crimen para saber quién ha cometido el crimen, qué intención está detrás del saboteo, del acaparamiento o de las colas. Por ejemplo, si aceptamos el supuesto de que a la oposición, o al imperio, o al narcotráfico colombiano, le beneficia el desorden económico en Venezuela porque tal desorden llevaría inevitablemente a un cambio de gobierno, entonces para el teórico de la conspiración es evidente que los enemigos del gobierno están detrás de las colas. Esta ha sido la forma retórica usada por los medios oficiales en su reciente campaña sobre la “guerra psicológica” y la neurosis detrás de las colas. Presentar evidencias de esa guerra se hace incensario si se ha “demostrado” que las colas son causadas por, o causan ellas mismas, “neurosis masiva”, y que esa condición psicológica generará el desorden que supuestamente beneficie a la oposición.

¿Pero acaso es posible presentar evidencias?

En último extremo el teórico de la conspiración responderá que no. La conspiración es por definición un acto secreto. El conspirador profesional esconderá hábilmente las pruebas de su conspiración. ¿Acaso esperan que veamos muerto al presidente para poder presentar pruebas de que hay un plan magnicida? preguntaba una vez alguien del gobierno exasperado por la solicitud de evidencias del complot que denunciaba.
Por eso para el teórico de la conspiración es necesario “leer entre líneas”, hacer análisis lingüísticos, semiológicos, interpretar en su contexto histórico y adjudicando la verdadera intencionalidad a grabaciones, correos electrónicos y declaraciones públicas de los conspiradores.
El escritor alemán Lion Feuchtwanger, preocupado por el efecto negativo que en la opinión pública occidental pudieran tener los primeros juicios espectáculos de Moscú en 1936, se atrevió a presionar un poco a Stalin en una entrevista personal:
“Yo hablé una vez más del efecto negativo que había tenido en el extranjero aquel proceso demasiado simplista contra Zinóviev, incluso entre personas bien intencionadas. Stalin se mofó un poco de aquellos que exigían demasiados documentos escritos, antes de dignarse a creer en una conspiración; los conspiradores entrenados no tienen por costumbre dejar sus documentos por ahí, a la vista de todos”. (citado por Karl Schlögel en Terror y utopía. Moscú en 1937)

¿Qué hacer?

No resulta fácil rebatir una teoría de la conspiración, sobre todo si esta se ha convertido en el discurso oficial de un gobierno y de todo su aparato mediático estatal. Sabemos que estamos ante una forma de interpretar la realidad que no es correcta, que hace aguas, que está llena de vacíos en su argumentación. Sabemos que hay gente que la cree. Sabemos también que no basta burlarnos de ellas o simplemente desestimarlas porque por más ridículas que sean están allí y tienen consecuencias directas en la manera en que la gente entiende su realidad. Pero cuando intentamos discutir con alguien que realmente cree en ellas nos vemos “enganchados” y un discurso circular y sin salida que no siente la necesidad de basarse en evidencias sino en una comprensión “total” de la realidad.
La forma de enfrentarlas es hacer un esfuerzo penoso y paciente por meterse en las teorías de la conspiración por más delirantes que nos parezcan y entender sus causas y sus formas de argumentación, sus mecanismos, para poder desmontarlo desde dentro. Es un esfuerzo necesario porque el que cree en este tipo de teorías está más que dispuesto a dejar su libertad en manos de un líder fuerte que sea capaz de dar la batalla final contra las poderosísimas fuerzas del mal que conspiran. Las pocas veces en el siglo XX en las que las teorías de la conspiración se convirtieron en el discurso oficial de algún gobierno, las consecuencias fueron desastrosas.        

Hugo Pérez Hernáiz es profesor de la Escuela de Sociología de la UCV. Recoge en detalle el uso de las teorías de la conspiración en el discurso político venezolano en su blog Venezuela Conspiracy Theories Monitor.
                                                                                                            

24 enero, 2015

¿Cuándo no es "retórica" la retórica del caos?


                                                                                                                           
                                                                                                                   Jacinto  Fombona


¡Venezuela está candela!
donde todo el mundo con hierro se ampara
¡Venezuela esta candela!
corre que nombre no tienen balas


El 11 y el 12 de diciembre de 2014 aparecieron en El País de Madrid y en Daily News de Nueva York sendos artículos sobre una investigación de la Associated Press sobre actividades de USAID en Cuba. Mientras en El País la noticia aparece como una reseña corta del trabajo de la AP, el Daily News lo publica una versión extensa en el estilo periodístico cargado de técnicas narrativas que acostumbran los estadounidenses.  La agencia para el desarrollo internacional de los Estados Unidos (USAID en inglés), a cargo de administrar ayudas privadas fuera de sus fronteras, ha sido frecuentemente señalada como el brazo propagandístico de la CIA en sus esfuerzos por combatir regímenes poco afectos a Washington; en este caso, la agencia promocionó músicos cubanos, en particular raperos, para promover el descontento e instigar cambios políticos en la juventud de la isla.
La historia de la USAID en el hip hop de Cuba es la historia de un fracaso. Los músicos que tomaron parte en los conciertos organizados con la ayuda de un promotor serbio en su mayoría están ahora exiliados de la isla. El tono general del artículo de la AP apunta críticamente a la incompetencia de los "aficionados" contratados por la agencia estadounidense enfrentados a un sofisticado sistema de vigilancia y control social. El caso que me interesa, sin embargo, es el de un rap de una pareja venezolana de raperas. Mestiza (Yorvanis Chirinos) y Neblinna (Juliana Carolina Muñoz González). El estilo de estas cantantes los describe el sitio Buena Música como un “Rap femenino venezolano. Con verdades de alma, rap consiente, música sin edades, sentimientos, frustraciones, pensamientos e ideas, Mestiza y Neblinna le rinden honor a un concepto básico del arte, siendo la capacidad de plasmar todo lo que eres a través de un medio de expresión como lo es el hip-hop”. (http://www.buenamusica.com/neblinna-y-mestiza/biografia)
Aparte de la atroz sintaxis de la descripción que parece decir que el estilo del dúo carece de "sentimientos, frustraciones, pensamientos e ideas" y a pesar también de cierto tono de sexismo en el texto, la descripción del sitio presenta las biografías de las dos artistas y momentos claves de sus carreras insistiendo en que su dedicación y hasta vocación con la música rap es auténtica y no una cuestión de moda pasajera. Lo auténtico de la dedicación al rap es una cuestión frecuente en las discusiones en línea sobre los artistas y su música hasta el punto de formar parte misma de la autodefinición y presentación de la persona de sus músicos, como lo hace Luidig Ochoa en la introducción a Cárcel o infierno real. Neblinna "no hace rap por faranduleo, no hace rap porque lo vean como moda o porque otros lo hagan, el rap que ella hace, es porque le sale del corazón y porque le nace" dice Buena Música y presenta al dúo como ejemplo a seguir del trabajo del hip hop femenino en Venezuela.
El video de Mestiza y Neblinna, "Venezuela está candela" circuló en internet tras las protestas de febrero y marzo de 2014. Esta es una producción de bajo costo, directa y hasta de bajo perfil que comienza con una foto de una marcha de protesta que corta con el rapeo del dúo y continúa con segmentos de videos de las protestas y la represión del régimen que las ahogó insertados en la performance hip hop de Mestiza y Neblinna. Al contrario de otros videos de rap que denuncian la violencia y con frecuencia presentan una historia cruel pero ejemplar, la canción del dúo es una denuncia directa de las políticas del presidente Maduro como títere de Diosdado Cabello. El rap como vehículo de protesta y denuncia social es parte constitutiva del género. Las formas que toman estas protestas enfatizan mores o costumbres que el autor ve como dañinas, y a veces acusan directamente. Es el caso de NK Profeta (Leonardo Viloria), que en "El país no está normal" (2009) se dirige directamente al entonces presidente Chávez para contestarle en rap a las series de declaraciones sobre el estado de la nación y la política interna:
ni el pacto de punto fijo es responsable de esta cagáa
son 10 años de amargura y abandono para vargas
soluciones constructivas no son las expropiaciones
construir sobre cadáveres no hay mérito en acciones
pero lo que mas me ofende y soy claro como ninguno
es que repitas que estarás hasta el 2021

En "Venezuela está candela" las raperas se dirigen al presidente y preguntan "dígame que se siente / que mi país se ha vuelto el más peligroso del continente". El rap denuncia lo que Margarita López Maya ha llamado el "estado neo-patrimonial", usando el concepto de Weber para caracterizar el régimen que se formó durante Chávez y se ha consolidado bajo Maduro y los autoproclamados "hijos" o herederos de comandante. El dúo pregunta, repitiendo la voz común, marcada por el "ya todos saben" cuál es el verdadero poder de Maduro como "títere" y su papel en la participación de cubanos en las fuerzas de represión: "¿Porque nos matan cubanos disfrazados de soldados? / ya todos saben que eres tú, títere de Diosdado". Al acusar directamente a líderes del chavismo el rap de Mestiza y Neblina rompe con otras formas más frecuentes de la denuncia que apuntan a las fuerzas policiales del estado como ente sin rostro.
El rap como música popular, y el mundo del hip hop, habitan un lugar incómodo para el imaginario de la llamada izquierda bolivariana y sus adláteres en la medida en que abren una conexión dinámica entre mercados del espectáculo. Conexión que, a pesar de las impericias de USAID, no atiende a fronteras imaginadas entre un "nosotros" revolucionario y un "imperio" agresor. El rap plantea cuestiones de autenticidad, de "pueblo" y de lo vernacular y urbano que parten de una versión de la realidad y sus interlocutores. El rapero dice hablar de una "verdad desnuda" muy cercana a nociones folclóricas de lo auténtico y popular que, sin embargo, no es el campesino, víctima idealizada del mundo rural, sino el habitante de la ciudad, del mundo urbano. En el rap venezolano, el trabajo de Canserbero (Tyrone González Oramas, muerto en enero de 2015) o el de Apache (Larry Rada), incluso las letras más fuertes de Rekeson o Reke (Gustavo Ferrín) retratan la vida marcada por la violencia cotidiana en los barrios como una batalla continua entre bandas donde se entremezclan drogas y prostitución. Mestiza y Neblina codifican estos temas en el tópico del niño delincuente:
Niños pequeños que se conocen todos los lugares
bares, burdeles pero no han ido a centro comerciales
ya con 15 años, son malandros no hay quién los compare
bicha en mano, martillo para atrás y quieto antes que dispare

Son menores que se han unido a la vida del hampa
y han pagado muertos porque no saben lo que les espera
ya con 12 años se resbalan y plomo te zampan
te pican, son sangre fría y te meten en la nevera

La retórica puesta en juego en estas líneas presenta una serie de valores asociados a expectativas sociales que vale la pena destacar. Aparte del discurso sobre los niños que conectaría esta forma de retórica con formulaciones estadounidenses (Helen Lovejoy, el personaje de los Simpsons, lo encapsula en su frase "Would somebody, please! think of the children?") ¿cabe pensar el rap venezolano en términos de un entramado que se opone, negocia y aprovecha el capitalismo corporativo? términos con los que Scott Wilson caracteriza al hip-hop y a otras formas de la cultura pop estadounidense en Great Satan's Rage (2008). La comparación no es sencilla, pues los mecanismos de resistencia y movimientos del mercado no funcionan como fuerzas universales que fluyan sin barreras culturales de una sociedad a otra, muy a pesar de la globalización. Un factor en particular es el papel del estado en el "capitalismo" de Venezuela. Cualquier performance del rap "consciente", como lo llaman en los sitios de la red en español, expresa la rabia contra del sistema y sus relaciones de poder, denuncia problemas sociales e incluso ofrece vías para canalizar formas de rebelión. Además, aparecen también vínculos, reales o imaginados, con la cultura de la violencia representada por la figura del malandro y más recientemente por el pran, entrelazados a una interiorización e incluso una crítica a la lógica del consumo. Desde la época de la Venezuela saudita y los 'ta barato el bling no tiene nada de extraño en la cultura venezolana. En el caso del rap femenino, por usar el término de BuenaMúsica.com, cabe preguntarse tanto por cuestiones de independencia, sexualidad y control corrientes en artistas estadounidenses, como por lo que  Gwendolyn Pough ha llamado wrecking (Check it while I wreck it, 2004), entre los afro-estadounidenses, para referirse a una ruptura de diversos discursos dominantes y masculinos. La vasta bibliografía sobre la historiografía y teorías del rap y el hip hop anglo-americano ofrece una guía para entender y comparar las traducciones y apropiaciones del rap fuera de las fronteras estadounidenses. El hip hop global con sus muchas variantes, entre ellas festivales patrocinados por el estado en Francia, lleva cualquier análisis del fenómeno a cuestiones de una modernidad globalizada y, como sugiere Russel Potter en Spectacular Vernaculars (1995), a expresiones de un "posmodernismo sofisticado" en extremo adaptable y activo (13). En el caso venezolano, aparece igualmente una conexión con Cuba donde, desde 1999, el otrora independiente festival de Alamar era organizado por entes semi-oficiales que han sido completamente absorbidas por el estado, como apunta Sujatha Fernandes en Close to the edge (2004) (59-60). Otro trabajo de Fernandes, Who can stop the drums? (2010) ofrece una visión de movimientos sociales en Venezuela y su relación con la música. Las martingalas ideológicas de Fernandes y su trabajo como africanista hacen que imponga en su visión de la sociedad venezolana una división basada en razas que recuerda las admoniciones de Bourdieu y Wacquant a los sociólogos y etnólogos primermundistas en "Sur les ruses de la raison impérialiste" (1998) sobre los peligros (y las estrategias) de imponer modelos foráneos e imperiales. El "imperialismo" de Fernandes es, en peor de los casos, trivial dado su maniqueísmo; pero puede ser en extremo dañino al proponer que la violencia en los barrios da paso a nuevas formulaciones (positivas) de protección comunal. Fernandes propone una lectura de las políticas culturales y comunicacionales del gobierno como facilitadoras de cambios revolucionarios en el paradigma (que hay que suponer es el paradigma de una sociedad de castas donde una "negra" de Antímano no va a los café Altamira). El interés de la socióloga cuadra bien con lo que Federico Rivero llama el "telurismo primitivo" del chavismo, su estudio se centra en los grupos de tambores como parte de los colectivos bolivarianos en La Vega, la historia del grupo Madera, y brevemente menciona el rap al referirse a la "guerra contra los pobres de la ciudad" ("the war on the urban poor") como consecuencia de las políticas neoliberales de los años ochenta y noventa sin ahondar más en el género.
A pesar de las políticas culturales del gobierno (o precisamente debido a ellas) la relación de los músicos con los proyectos de hegemonía comunicacional no ha sido sencilla. En 2010, por ejemplo, OneShot (Juan David Chacón) compuso y produjo un video de reggae sobre Caracas, "Rotten Town" con letra en inglés. En el video, un niño es blanco de una bala perdida cuando jugaba metras con un compañero en el barrio "Cause a shatta lost a bullet from his gun" dice la letra. Las imágenes del video presentan al espectador una escena familiar, la escena de Cien años de soledad donde un hilo de sangre lleva a Úrsula al cuerpo de José Arcadio en Macondo. Un cadáver al que, según nos dice el narrador, no pudo lavársele el olor a pólvora. En "Rotten Town" la conclusión es la misma, el hilo de sangre del niño muerto nos hace culpables a todos, desde el buhonero hasta la reina de belleza todos aparecen manchados rojo de sangre. En el video, el hilo de sangre mancha a la sociedad venezolana excepto a una niña, quizás en un atisbo de esperanza que reproduce el tópico de la infancia "inocente" o "los niños son el futuro" que aparece en otros temas. Resulta paradójico que el mensaje "todos somos culpables" de la violencia cotidiana que mata inocentes es un mensaje que podría tener eco en el discurso oficial sobre el crimen y la violencia. Particularmente en los llamados a la ciudadanía de parte de personeros del gobierno para que eviten exhibir joyas o posesiones de lujo y que no manejen con las ventanas del carro bajadas. El gobierno, no obstante, anunció a través de VTV en agosto de ese año, que "investigaría" al "rapero" y su video en el contexto de la Ley Resorte.
Estos videos poseen un interesante mecanismo retórico, el uso de jóvenes y niños para reforzar valores tradicionales sobre la familia mediante el uso de un caos que lo amenaza todo (el caos encarnado en violencia, drogas y crimen). En la manera en que son giros retóricos hay que preguntar ¿cuál es la reacción que causan en el público al que estos textos se dirigen cuando etiquetan como "caóticos" espacios de la ciudad marcados por la violencia? El término "retórica del caos" lo usa Leslie D. Smith para analizar estrategias de oposición que usa la derecha ultracristiana en los EEUU. Estas estrategias se afincan en un conjunto de actitudes y emociones socioculturales asumidas sin cuestionamiento y que avivan el miedo que un texto en general puede presentar. Burke, en Language as Symbolic Action (1966) llama a este tipo de textos e imágenes "terministic screen" o un tabique terminalizante, un conjunto de términos que redirige la atención y con los cuales el lenguaje se vuelve el conjunto de herramientas que arman una realidad inevitable a partir de datos vagamente conexos o sin sentido ninguno. A diferencia del caso que analiza Smith, en la Venezuela de hoy los "datos" se apilan en la morgue.
En un medio cercano al video, el cine, se puede trazar el tropo del niño delincuente en películas de los años setenta como Soy un delincuente (1976) de Clemente de la Cerda y como parte de un género latinoamericano que incluiría Pixote (1978) en Brasil y un gran número de películas colombianas. Las técnicas narrativas del video han codificado los temas generales, el lenguaje y la imaginería del cine en producciones como las de Canserbero y OneShot, o bien las ha condensado en las letras de canciones como "Niños pequeños que se conocen todos los lugares" de Mestiza y Neblinna. En términos de cultura de masa y "popular" estos raps son una de las muchas formas de ser y estar en la modernidad como "pueblo", como sugiere Jesús Martín-Barbero. Estas formas de ser se anclan en un conjunto de valores y en una historia cultural que en Venezuela hablan de espacios vueltos significativos y con frecuencia conflictivos y entrecruzados por la inmigración rural y las culturas del consumo marcadas por el petróleo. De igual modo que el poema clave de Vicente Gerbasi en 1945 afirma que "Venimos de la noche y hacia la noche vamos" y se hace eco de una serie de valores que resuenan en el proyecto modernizador de Acción Democrática que claramente abarcaban y redibujaban la noción de pueblo como agente de cambio, el poema habla de culturas y pueblos en movimiento encarnados en la figura de su padre inmigrante. El grupo Tráfico, en los ochenta, rescribe este verso en su Manifiesto que comienza "Venimos de la noche y hacia la calle vamos". El gesto paródico reconoce el espacio de la ciudad, sus espacios urbanos como fundamento de la cultura. Como artefactos, tanto el poema de Gerbasi como la escritura de Tráfico están plenos de metáforas utilizadas como vehículos del sentido, pueden como tales llevar al lector de un espacio discursivo a otro, e incluso dan pie a una forma del gusto. En cuanto a las canciones y los videos acá, estos parecen habitar una nueva forma de lo real, el evento. En éste, el instante fractura el momento y hace una otredad violentamente distinta de lo cotidiano en la cual el futuro aparece aniquilado. En un mundo que se derrumba, así sea una forma de exageración incestuosa, ¿para qué sirven las metáforas? o incluso ¿la retórica? En un mundo, como dice Josefina Ludmer, donde el poder emancipatorio, revelador y subversivo de la obra de arte ha sido diluido en los medios de comunicación masivos y la globalización electrónica, el arte se hace ficticio, piezas a-metafóricas que rehacen y reproducen discursos que están siempre fabricando el presente, construyendo el mundo, sus tiempos, sus sujetos y sus territorios. Venezuela está candela fabrica este mundo de instantes quebrados y sugiere otra ficción al final, "si  así seguimos no seremos gobernados por los Estados Unidos sino por los reptilianos".

23 diciembre, 2014

Gambito Obama, o los acuerdos con La Habana

Miguel Ángel Martínez Meucci

A finales del 2014, la administración Obama ha materializado lo que podría interpretarse como el primer paso visible hacia una nueva etapa de las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba. Luego de más de 5 décadas marcadas por la lógica de la Guerra Fría, la confrontación y el embargo comercial, el actual presidente estadounidense ha decidido apostar radicalmente por el desarrollo de una nueva política hacia Cuba. No cabe duda de que se trata de un gran paso en la historia de las relaciones entre ambos países, aunque todavía no sepamos muy bien hacia dónde las conducirá. Por lo pronto, trataremos aquí de ofrecer algunos elementos de juicio para sopesar el eventual acierto o error de esta audaz apuesta política del presidente Obama, que bien podría interpretarse como un verdadero gambito para destrabar una posición históricamente trancada.

Lo primero que cabría analizar para hacer un primer balance de esta decisión (que sobreviene como fruto de 18 meses de conversaciones secretas, facilitadas por el gobierno de Canadá) es la situación en que se produce. Probablemente, el elemento más importante sea la sostenida caída de los precios del petróleo, la cual viene golpeando severamente al chavismo, principal socio y aliado del castrismo. El abaratamiento del crudo es el principal acelerador (aunque no sea, ni remotamente, la única causa) de la debacle económica en Venezuela, la cual a su vez constituye un grave factor de inestabilidad para la “Revolución Bolivariana” y sus socios regionales.

Tal circunstancia incrementa exponencialmente la gravedad del principal factor de inestabilidad que viene experimentando el oficialismo venezolano durante los últimos años: el fallecimiento de Hugo Chávez y las consiguientes luchas intestinas del chavismo por el control del Estado “revolucionario y socialista”. La inestabilidad ya crónica del gobierno de Nicolás Maduro, así como su cada vez menor solvencia financiera, representan un duro golpe para toda una serie de actores regionales que se acostumbraron a contar con el inestimable apoyo económico y/o logístico del chavismo.

Dicho apoyo llegó a ser tan importante que el eje La Habana-Caracas logró influir notablemente en la política hemisférica, al punto de obtener resultados relevantes en su particular cruzada contra la OEA, la Carta Democrática Interamericana, la CIDH y los esquemas liberales de integración comercial (CAN, MERCOSUR, G3). En su lugar, la última década observó el advenimiento de diversos gobiernos de la llamada “nueva izquierda latinoamericana” (siempre con la simpatía y apoyo del chavismo) y la creación de esquemas como ALBA, UNASUR y CELAC, todos ellos caracterizados por su particular desconfianza hacia los EEUU y su evidente respaldo a Cuba.

La administración Obama entendió que tenía la batalla poco menos que perdida en este nuevo contexto, y que no tenía nada que ganar jugando bajo el tipo de juego diplomático que fueron impulsando Chávez, Lula y compañía. En consecuencia, su apuesta se ha venido dirigiendo hacia el intento (más o menos intuitivo) de implantar nuevas reglas del juego en su actitud hacia la región, a través de una política sistemática de promoción del diálogo y de evasión de la confrontación hábilmente impulsada por Caracas y desde La Habana. En el entendido de que la atrevida actitud de los "revolucionarios" cubanos y venezolanos se ha sustentado en su uso geopolítico del petróleo, el impulso de nuevas tecnologías de extracción de crudo en el territorio de los Estados Unidos ha sido parte importante de esta nueva visión, o del intento de dar con ella.

En tal sentido, cabe resaltar que las negociaciones entre Obama y La Habana se habrían iniciado en un momento crítico para el eje La Habana-Caracas, con la muerte de Chávez y en medio de la polémica llegada de Maduro a la presidencia de Venezuela. Asimismo, dichas negociaciones han ido discurriendo de forma paralela al proceso de diálogo en Colombia, el cual se desarrolla, precisamente, en la capital cubana (¿es una casualidad que la tregua unilateral indefinida decretada por las FARC llegue el mismo día que se anuncia el acuerdo Obama-Castro?). Cabe imaginarse entonces un proceso de diálogos múltiples y entrecruzados, orientado a la realización de ciertos ajustes de un orden regional que el castrochavismo impulsó en una dirección mientras contaron con altos precios del petróleo, pero que se hace difícilmente sostenible con la caída de los mismos y en ausencia de Chávez. En otras palabras, en la medida que la “Revolución Bolivariana” se fractura y debilita, la posición negociadora del castrismo (y de sus socias las FARC) también tiende a resentirse.

Para cerrar este breve cuadro, conviene señalar que Obama se enfrenta ahora, y por los dos años que le restan a su legislatura, a un hostil congreso de mayoría republicana. En tal situación, las posibilidades de que la próxima elección presidencial en los Estados Unidos sea ganada por el Partido Demócrata probablemente pasan por la capacidad del presidente actual de desplegar toda su energía para anotarse grandes y sonadas victorias políticas. Así las cosas, imprimir un giro radical a la política que su nación ha venido desarrollando históricamente hacia al régimen castrista podría muy bien ser una apuesta de gran interés, especialmente si esa política tradicional no viene rindiendo grandes resultados y si el hecho de cambiarla implica más bien poco que perder en términos relativos.

Todo parece indicar que tanto Obama como Santos están pensando en la VII Cumbre de las Américas, que se desarrollará el 10-11 abril del 2015 en Ciudad de Panamá, como un escenario de gran importancia para realzar el balance de sus respectivos mandatos. Para Obama, será un momento crucial para demostrar que los Estados Unidos no han perdido terreno en la política hemisférica (recordemos que desde la cumbre anterior, en Cartagena 2012, Cuba fue invitada a participar en Panamá, en un gesto que "aisló" a los EEUU), mientras que para Santos sería esencial poder mostrar resultados prácticamente definitivos con respecto a “su” proceso de paz con las FARC. Mientras que Obama aún debe justificar su Premio Nobel de la Paz, Santos está buscando el suyo.

Está claro que reabrir las relaciones diplomáticas con La Habana es una medida relativamente poco costosa para Obama. Aunque seguramente le hará perder muchos votos en Florida, no parece (en principio) que le vaya a reportar otras pérdidas importantes en el resto del país. Por otro lado, significa el abandono, desde la presidencia de los EEUU, de una medida (el embargo) que no estaba brindando grandes resultados, y el traslado de su entera responsabilidad al Congreso de mayoría republicana. Obama tendrá ahora algo que mostrar ante los presidentes latinoamericanos (que tan celosos se han mostrado en definitiva a la hora de defender al régimen castrista), abriendo (quizás) las posibilidades para un diálogo regional más franco y fructífero. Pero sobre todo, Obama tendrá también la oportunidad de hacer ver a los republicanos como una fuerza política opuesta a la paz, empeñada en mantener a los Estados Unidos en perpetuo conflicto.

Sin embargo, la medida no está exenta de costos, para el propio Obama y para los Estados Unidos en general. Con el giro desarrollado hacia Cuba por parte de su presidencia, Washington quizás esté dando un paso atrás en la defensa de la Carta Democrática, el documento que desde 2001 se constituyó en verdadera hoja de ruta para la consolidación de la democracia en el hemisferio y la columna vertebral de la doctrina estadounidense hacia América Latina en la post-Guerra Fría. Igualmente, la medida parece abrir las puertas para la discusión de un posible futuro reingreso de Cuba a la OEA. Expresamente se apuesta por establecer relaciones similares a las que se han venido desarrollando con Vietnam y con China, en donde los temas de la democracia y los derechos humanos han cedido su lugar al comercio y el reconocimiento mutuo, y en donde la apertura comercial ha fortalecido en vez de debilitar a los regímenes autocráticos de turno. En cierto sentido, Obama sacrifica el ideal de la democracia por el de la paz, quizás en el entendido de que un progresivo fortalecimiento de los lazos comerciales y turísticos redundará, eventualmente, en la facilitación de una transición a la democracia. De momento, la fórmula no ha surtido efecto en países como China o Vietnam, pero nada quita que pueda hacerlo en algún momento futuro.

En definitiva, con las medidas anunciadas, ¿quién se beneficia más de los acuerdos recientemente alcanzados? ¿Es posible afirmar que alguna de las partes “se salió con la suya”? Aún es pronto para saberlo con propiedad. Por lo pronto, está claro que, con estos acuerdos, Cuba obtiene mucho cediendo muy poco (apenas la liberación de varios presos políticos y la supresión de algunos controles al Internet en la isla), mientras que los Estados Unidos quizás estén perdiendo la oportunidad de exigir algo más al castrismo, precisamente en el momento en que podrían haber apretado mucho más. Para el régimen cubano, el acuerdo no sólo abre las puertas a considerables ingresos (tremendamente necesarios ante la creciente precariedad de la situación venezolana) y a una disminución de las tensiones políticas internas, sino que le permite obtener un reconocimiento diplomático siempre anhelado en momentos críticos, precisamente en el momento en que peor se vislumbraba su futuro.

Podemos concluir señalando que, en el corto plazo, el régimen castrista ha dado un paso enorme en su propósito de ser plenamente aceptado en el hemisferio, a pesar de su condición de autocracia. En cambio, se requerirá más tiempo para comprobar si la reapertura de las relaciones diplomáticas a costa de dejar de exigir democracia (o el gambito que decidió jugarse Obama) ha sido verdaderamente lo que la historia pudiera recordar como el primer paso firme hacia la democratización de la isla (y, quizás, de algunos de sus socios en el continente), o si, por el contrario, fue un paso más en lo que parece ser ya una tendencia general a nivel mundial en los albores del siglo XXI: la merma progresiva de unos mínimos estándares democráticos como referencia obligante en la política internacional.