.


MENÚ

"Es la mundanidad humana la que salvará a los hombres de los peligros de la naturaleza del hombre"
Hannah Arendt

12 febrero, 2015

Como tomar en serio las teorías de la conspiración


                                                                                                 
             
                 Hugo Pérez Hernáiz
Todos somos teóricos de la conspiración

Alegatos de una guerra económica, psicológica, mediática, de cuarta generación, de baja intensidad, conducente a un golpe económico, magnicidio, sabotaje, son todos “teorías de la conspiración”, no porque sean verdaderos o falsos sino porque se basan en la suposición de que detrás de todo evento hay agentes que conspiran para llevar a cabo sus propósitos.
Nada más natural, conspirar es probablemente la segunda profesión más antigua. Desde el ámbito político al financiero, actores se ponen de acuerdo en secreto para obtener beneficios. Una buena dosis de escepticismo frente a las intenciones de ciertos actores y lo abierto de sus acciones es algo muy sano, sobre todo cuando esos actores son poderosos. Ese sano escepticismo nos hace a todos en pequeña medida teóricos de la conspiración. Dudamos, y hacemos bien en hacerlo, de la sinceridad de los poderosos porque sabemos que tienen intereses y que esos intereses no siempre coinciden con los nuestros.

Todos conspiran contra nosotros

Puede que no exista solución de continuidad entre la teoría de que algún político en secreto se reúne con otro para negociar algo y la teoría de que los Iluminati controlan el mundo, pero es evidente que hay una diferencia importante entre el escepticismo de la primera teoría y lo delirante de la segunda. La clave está en el alcance del poder explicativo de la teoría.
Mientras que en el primer caso limitamos nuestra teoría a los manejos secretos de actores concretos, en la segunda explicamos todo como el efecto de la conspiración. La literatura psicológica de principios del siglo XX llamó a esta condición “paranoia”. No se trata en tales casos de un escepticismo normal. El que cree en serio en tal teoría para explicar el mundo pierde el control de su vida, se siente perseguido y acosado. Nada pasa por casualidad: se cae un vaso de la mesa y en realidad ha sido tumbado por los conspiradores, piensa en algo y tal pensamiento ha sido inducido por sus enemigos, enferma y tal malestar ha sido “inoculado” por agentes del mal.

¿Es realmente necesario presentar evidencias?

El escéptico que sospecha de que algún político se reúne en secreto con un banquero para hacer malos tratos suspenderá su absoluta certeza de que tal reunión ha ocurrido hasta que tenga pruebas concretas. No así el teórico de la conspiración: otras formas retóricas de ofrecer evidencias operan en estos casos.
Cuando el ex-ministro Rodríguez Torres daba aquellas curiosas ruedas de prensa prometiendo pruebas de planes de magnicidio y golpes, mostraba como evidencia de sus teorías láminas de presentación en las que se señalaban “relaciones” marcadas con acusadoras flechas entre altos personeros imperiales, presidentes de otros países, exiliados políticos venezolanos, narcotraficantes, políticos locales y representantes de organizaciones de derechos humanos nacionales y extranjeras. Las flechas y punteros eran, en sí, la evidencia. Las ruedas de prensa siempre terminaban con la promesa de que en el futuro próximo se presentarían muchas más evidencias. Eso no ocurría nunca, pero en algún momento el ministro declaraba que ya habían sido presentadas suficientes evidencias el pasado.
El caso de Rodríguez Torres era extremo y casi cómico, pero por lo general el teórico de la conspiración no siente la necesidad de presentar evidencias en sí. La fuerza de la historia es suficiente para aceptar la teoría.
Por ejemplo, parte del discurso conspirativo latinoamericano está montado sobre la base de un fuerte sentimiento anti-imperialista. El anti-imperialismo es una forma retórica muy poderosa porque pretende partir de unos supuestos históricos que casi todo el mundo acepta: “El Imperio siempre ha metido su mano en América Latina y siempre lo hará”. Y en efecto todo latinoamericano aprende desde niño de casos históricos muy concretos y reales en los que las malas intenciones y acciones del Imperio han sido evidentes.
Pero una cosa es aceptar esa versión de la historia latinoamericana y otra muy distinta es leer esa historia en clave de “todo lo que ha sucedido en nuestros países es la consecuencia directa de la acción secreta de agentes imperiales”. El teórico de la conspiración obsesivamente busca en la historia “verdades” que luego absolutiza para todo tiempo y lugar. Así por ejemplo, como en el caso de Eleazar Díaz Rangel, descubre en documentos desclasificados del Departamento de Estado que a Allende en Chile se le hizo una “guerra económica” (no discuto si tal aseveración es en realidad posible descubrirla a partir de esos documentos), luego es de tontos no aceptar que al actual gobierno venezolano también se le está aplicando la misma receta conspirativa.
Es una forma de construcción retórica de la forma “ha sido así antes, es por lo tanto así ahora” que por supuesto no representa evidencia real de conspiración. Tan sólo requiere que el que escucha acepte la “historia” y de allí extrapole, que aplique la “lógica”, que no sea ingenuo, que se dé cuenta de que el mal siempre es el mal y siempre actuará de la misma manera.
Otra forma retórica muy común es el otorgarle a los eventos intencionalidad. A eventos provocados por accidentes se les atribuyen causas subjetivas, como el sabotaje. Las subidas de precios, la escasez, el acaparamiento, las colas, etc., pueden muy bien ser explicadas como las consecuencias objetivas y naturales de ciertas políticas económicas. Pero el teórico de la conspiración preferirá explicar esos males de la economía apelando a la intención del conspirador: alguien concreto está acaparando y subiendo los precios. A esta certeza de intencionalidad se añadirá la visión total del mundo: ese alguien que acapara está coordinando sus acciones de acaparamiento con otros actores: políticos, agentes del imperio, ONGs de derechos humanos, todos son parte de la conspiración que finalmente se expresa en ese acto pequeño que es el dueño de un abasto guardando la leche o el azúcar en su depósito.
Detrás de todo ello está también la explicación de los males preguntando a quién beneficia esos males. Para el teórico de la conspiración, que en esto actúa como muchos detectives de novelas policiales, bastará con descubrir quién se ha visto beneficiado por el crimen para saber quién ha cometido el crimen, qué intención está detrás del saboteo, del acaparamiento o de las colas. Por ejemplo, si aceptamos el supuesto de que a la oposición, o al imperio, o al narcotráfico colombiano, le beneficia el desorden económico en Venezuela porque tal desorden llevaría inevitablemente a un cambio de gobierno, entonces para el teórico de la conspiración es evidente que los enemigos del gobierno están detrás de las colas. Esta ha sido la forma retórica usada por los medios oficiales en su reciente campaña sobre la “guerra psicológica” y la neurosis detrás de las colas. Presentar evidencias de esa guerra se hace incensario si se ha “demostrado” que las colas son causadas por, o causan ellas mismas, “neurosis masiva”, y que esa condición psicológica generará el desorden que supuestamente beneficie a la oposición.

¿Pero acaso es posible presentar evidencias?

En último extremo el teórico de la conspiración responderá que no. La conspiración es por definición un acto secreto. El conspirador profesional esconderá hábilmente las pruebas de su conspiración. ¿Acaso esperan que veamos muerto al presidente para poder presentar pruebas de que hay un plan magnicida? preguntaba una vez alguien del gobierno exasperado por la solicitud de evidencias del complot que denunciaba.
Por eso para el teórico de la conspiración es necesario “leer entre líneas”, hacer análisis lingüísticos, semiológicos, interpretar en su contexto histórico y adjudicando la verdadera intencionalidad a grabaciones, correos electrónicos y declaraciones públicas de los conspiradores.
El escritor alemán Lion Feuchtwanger, preocupado por el efecto negativo que en la opinión pública occidental pudieran tener los primeros juicios espectáculos de Moscú en 1936, se atrevió a presionar un poco a Stalin en una entrevista personal:
“Yo hablé una vez más del efecto negativo que había tenido en el extranjero aquel proceso demasiado simplista contra Zinóviev, incluso entre personas bien intencionadas. Stalin se mofó un poco de aquellos que exigían demasiados documentos escritos, antes de dignarse a creer en una conspiración; los conspiradores entrenados no tienen por costumbre dejar sus documentos por ahí, a la vista de todos”. (citado por Karl Schlögel en Terror y utopía. Moscú en 1937)

¿Qué hacer?

No resulta fácil rebatir una teoría de la conspiración, sobre todo si esta se ha convertido en el discurso oficial de un gobierno y de todo su aparato mediático estatal. Sabemos que estamos ante una forma de interpretar la realidad que no es correcta, que hace aguas, que está llena de vacíos en su argumentación. Sabemos que hay gente que la cree. Sabemos también que no basta burlarnos de ellas o simplemente desestimarlas porque por más ridículas que sean están allí y tienen consecuencias directas en la manera en que la gente entiende su realidad. Pero cuando intentamos discutir con alguien que realmente cree en ellas nos vemos “enganchados” y un discurso circular y sin salida que no siente la necesidad de basarse en evidencias sino en una comprensión “total” de la realidad.
La forma de enfrentarlas es hacer un esfuerzo penoso y paciente por meterse en las teorías de la conspiración por más delirantes que nos parezcan y entender sus causas y sus formas de argumentación, sus mecanismos, para poder desmontarlo desde dentro. Es un esfuerzo necesario porque el que cree en este tipo de teorías está más que dispuesto a dejar su libertad en manos de un líder fuerte que sea capaz de dar la batalla final contra las poderosísimas fuerzas del mal que conspiran. Las pocas veces en el siglo XX en las que las teorías de la conspiración se convirtieron en el discurso oficial de algún gobierno, las consecuencias fueron desastrosas.        

Hugo Pérez Hernáiz es profesor de la Escuela de Sociología de la UCV. Recoge en detalle el uso de las teorías de la conspiración en el discurso político venezolano en su blog Venezuela Conspiracy Theories Monitor.
                                                                                                            

24 enero, 2015

¿Cuándo no es "retórica" la retórica del caos?


                                                                                                                           
                                                                                                                   Jacinto  Fombona


¡Venezuela está candela!
donde todo el mundo con hierro se ampara
¡Venezuela esta candela!
corre que nombre no tienen balas


El 11 y el 12 de diciembre de 2014 aparecieron en El País de Madrid y en Daily News de Nueva York sendos artículos sobre una investigación de la Associated Press sobre actividades de USAID en Cuba. Mientras en El País la noticia aparece como una reseña corta del trabajo de la AP, el Daily News lo publica una versión extensa en el estilo periodístico cargado de técnicas narrativas que acostumbran los estadounidenses.  La agencia para el desarrollo internacional de los Estados Unidos (USAID en inglés), a cargo de administrar ayudas privadas fuera de sus fronteras, ha sido frecuentemente señalada como el brazo propagandístico de la CIA en sus esfuerzos por combatir regímenes poco afectos a Washington; en este caso, la agencia promocionó músicos cubanos, en particular raperos, para promover el descontento e instigar cambios políticos en la juventud de la isla.
La historia de la USAID en el hip hop de Cuba es la historia de un fracaso. Los músicos que tomaron parte en los conciertos organizados con la ayuda de un promotor serbio en su mayoría están ahora exiliados de la isla. El tono general del artículo de la AP apunta críticamente a la incompetencia de los "aficionados" contratados por la agencia estadounidense enfrentados a un sofisticado sistema de vigilancia y control social. El caso que me interesa, sin embargo, es el de un rap de una pareja venezolana de raperas. Mestiza (Yorvanis Chirinos) y Neblinna (Juliana Carolina Muñoz González). El estilo de estas cantantes los describe el sitio Buena Música como un “Rap femenino venezolano. Con verdades de alma, rap consiente, música sin edades, sentimientos, frustraciones, pensamientos e ideas, Mestiza y Neblinna le rinden honor a un concepto básico del arte, siendo la capacidad de plasmar todo lo que eres a través de un medio de expresión como lo es el hip-hop”. (http://www.buenamusica.com/neblinna-y-mestiza/biografia)
Aparte de la atroz sintaxis de la descripción que parece decir que el estilo del dúo carece de "sentimientos, frustraciones, pensamientos e ideas" y a pesar también de cierto tono de sexismo en el texto, la descripción del sitio presenta las biografías de las dos artistas y momentos claves de sus carreras insistiendo en que su dedicación y hasta vocación con la música rap es auténtica y no una cuestión de moda pasajera. Lo auténtico de la dedicación al rap es una cuestión frecuente en las discusiones en línea sobre los artistas y su música hasta el punto de formar parte misma de la autodefinición y presentación de la persona de sus músicos, como lo hace Luidig Ochoa en la introducción a Cárcel o infierno real. Neblinna "no hace rap por faranduleo, no hace rap porque lo vean como moda o porque otros lo hagan, el rap que ella hace, es porque le sale del corazón y porque le nace" dice Buena Música y presenta al dúo como ejemplo a seguir del trabajo del hip hop femenino en Venezuela.
El video de Mestiza y Neblinna, "Venezuela está candela" circuló en internet tras las protestas de febrero y marzo de 2014. Esta es una producción de bajo costo, directa y hasta de bajo perfil que comienza con una foto de una marcha de protesta que corta con el rapeo del dúo y continúa con segmentos de videos de las protestas y la represión del régimen que las ahogó insertados en la performance hip hop de Mestiza y Neblinna. Al contrario de otros videos de rap que denuncian la violencia y con frecuencia presentan una historia cruel pero ejemplar, la canción del dúo es una denuncia directa de las políticas del presidente Maduro como títere de Diosdado Cabello. El rap como vehículo de protesta y denuncia social es parte constitutiva del género. Las formas que toman estas protestas enfatizan mores o costumbres que el autor ve como dañinas, y a veces acusan directamente. Es el caso de NK Profeta (Leonardo Viloria), que en "El país no está normal" (2009) se dirige directamente al entonces presidente Chávez para contestarle en rap a las series de declaraciones sobre el estado de la nación y la política interna:
ni el pacto de punto fijo es responsable de esta cagáa
son 10 años de amargura y abandono para vargas
soluciones constructivas no son las expropiaciones
construir sobre cadáveres no hay mérito en acciones
pero lo que mas me ofende y soy claro como ninguno
es que repitas que estarás hasta el 2021

En "Venezuela está candela" las raperas se dirigen al presidente y preguntan "dígame que se siente / que mi país se ha vuelto el más peligroso del continente". El rap denuncia lo que Margarita López Maya ha llamado el "estado neo-patrimonial", usando el concepto de Weber para caracterizar el régimen que se formó durante Chávez y se ha consolidado bajo Maduro y los autoproclamados "hijos" o herederos de comandante. El dúo pregunta, repitiendo la voz común, marcada por el "ya todos saben" cuál es el verdadero poder de Maduro como "títere" y su papel en la participación de cubanos en las fuerzas de represión: "¿Porque nos matan cubanos disfrazados de soldados? / ya todos saben que eres tú, títere de Diosdado". Al acusar directamente a líderes del chavismo el rap de Mestiza y Neblina rompe con otras formas más frecuentes de la denuncia que apuntan a las fuerzas policiales del estado como ente sin rostro.
El rap como música popular, y el mundo del hip hop, habitan un lugar incómodo para el imaginario de la llamada izquierda bolivariana y sus adláteres en la medida en que abren una conexión dinámica entre mercados del espectáculo. Conexión que, a pesar de las impericias de USAID, no atiende a fronteras imaginadas entre un "nosotros" revolucionario y un "imperio" agresor. El rap plantea cuestiones de autenticidad, de "pueblo" y de lo vernacular y urbano que parten de una versión de la realidad y sus interlocutores. El rapero dice hablar de una "verdad desnuda" muy cercana a nociones folclóricas de lo auténtico y popular que, sin embargo, no es el campesino, víctima idealizada del mundo rural, sino el habitante de la ciudad, del mundo urbano. En el rap venezolano, el trabajo de Canserbero (Tyrone González Oramas, muerto en enero de 2015) o el de Apache (Larry Rada), incluso las letras más fuertes de Rekeson o Reke (Gustavo Ferrín) retratan la vida marcada por la violencia cotidiana en los barrios como una batalla continua entre bandas donde se entremezclan drogas y prostitución. Mestiza y Neblina codifican estos temas en el tópico del niño delincuente:
Niños pequeños que se conocen todos los lugares
bares, burdeles pero no han ido a centro comerciales
ya con 15 años, son malandros no hay quién los compare
bicha en mano, martillo para atrás y quieto antes que dispare

Son menores que se han unido a la vida del hampa
y han pagado muertos porque no saben lo que les espera
ya con 12 años se resbalan y plomo te zampan
te pican, son sangre fría y te meten en la nevera

La retórica puesta en juego en estas líneas presenta una serie de valores asociados a expectativas sociales que vale la pena destacar. Aparte del discurso sobre los niños que conectaría esta forma de retórica con formulaciones estadounidenses (Helen Lovejoy, el personaje de los Simpsons, lo encapsula en su frase "Would somebody, please! think of the children?") ¿cabe pensar el rap venezolano en términos de un entramado que se opone, negocia y aprovecha el capitalismo corporativo? términos con los que Scott Wilson caracteriza al hip-hop y a otras formas de la cultura pop estadounidense en Great Satan's Rage (2008). La comparación no es sencilla, pues los mecanismos de resistencia y movimientos del mercado no funcionan como fuerzas universales que fluyan sin barreras culturales de una sociedad a otra, muy a pesar de la globalización. Un factor en particular es el papel del estado en el "capitalismo" de Venezuela. Cualquier performance del rap "consciente", como lo llaman en los sitios de la red en español, expresa la rabia contra del sistema y sus relaciones de poder, denuncia problemas sociales e incluso ofrece vías para canalizar formas de rebelión. Además, aparecen también vínculos, reales o imaginados, con la cultura de la violencia representada por la figura del malandro y más recientemente por el pran, entrelazados a una interiorización e incluso una crítica a la lógica del consumo. Desde la época de la Venezuela saudita y los 'ta barato el bling no tiene nada de extraño en la cultura venezolana. En el caso del rap femenino, por usar el término de BuenaMúsica.com, cabe preguntarse tanto por cuestiones de independencia, sexualidad y control corrientes en artistas estadounidenses, como por lo que  Gwendolyn Pough ha llamado wrecking (Check it while I wreck it, 2004), entre los afro-estadounidenses, para referirse a una ruptura de diversos discursos dominantes y masculinos. La vasta bibliografía sobre la historiografía y teorías del rap y el hip hop anglo-americano ofrece una guía para entender y comparar las traducciones y apropiaciones del rap fuera de las fronteras estadounidenses. El hip hop global con sus muchas variantes, entre ellas festivales patrocinados por el estado en Francia, lleva cualquier análisis del fenómeno a cuestiones de una modernidad globalizada y, como sugiere Russel Potter en Spectacular Vernaculars (1995), a expresiones de un "posmodernismo sofisticado" en extremo adaptable y activo (13). En el caso venezolano, aparece igualmente una conexión con Cuba donde, desde 1999, el otrora independiente festival de Alamar era organizado por entes semi-oficiales que han sido completamente absorbidas por el estado, como apunta Sujatha Fernandes en Close to the edge (2004) (59-60). Otro trabajo de Fernandes, Who can stop the drums? (2010) ofrece una visión de movimientos sociales en Venezuela y su relación con la música. Las martingalas ideológicas de Fernandes y su trabajo como africanista hacen que imponga en su visión de la sociedad venezolana una división basada en razas que recuerda las admoniciones de Bourdieu y Wacquant a los sociólogos y etnólogos primermundistas en "Sur les ruses de la raison impérialiste" (1998) sobre los peligros (y las estrategias) de imponer modelos foráneos e imperiales. El "imperialismo" de Fernandes es, en peor de los casos, trivial dado su maniqueísmo; pero puede ser en extremo dañino al proponer que la violencia en los barrios da paso a nuevas formulaciones (positivas) de protección comunal. Fernandes propone una lectura de las políticas culturales y comunicacionales del gobierno como facilitadoras de cambios revolucionarios en el paradigma (que hay que suponer es el paradigma de una sociedad de castas donde una "negra" de Antímano no va a los café Altamira). El interés de la socióloga cuadra bien con lo que Federico Rivero llama el "telurismo primitivo" del chavismo, su estudio se centra en los grupos de tambores como parte de los colectivos bolivarianos en La Vega, la historia del grupo Madera, y brevemente menciona el rap al referirse a la "guerra contra los pobres de la ciudad" ("the war on the urban poor") como consecuencia de las políticas neoliberales de los años ochenta y noventa sin ahondar más en el género.
A pesar de las políticas culturales del gobierno (o precisamente debido a ellas) la relación de los músicos con los proyectos de hegemonía comunicacional no ha sido sencilla. En 2010, por ejemplo, OneShot (Juan David Chacón) compuso y produjo un video de reggae sobre Caracas, "Rotten Town" con letra en inglés. En el video, un niño es blanco de una bala perdida cuando jugaba metras con un compañero en el barrio "Cause a shatta lost a bullet from his gun" dice la letra. Las imágenes del video presentan al espectador una escena familiar, la escena de Cien años de soledad donde un hilo de sangre lleva a Úrsula al cuerpo de José Arcadio en Macondo. Un cadáver al que, según nos dice el narrador, no pudo lavársele el olor a pólvora. En "Rotten Town" la conclusión es la misma, el hilo de sangre del niño muerto nos hace culpables a todos, desde el buhonero hasta la reina de belleza todos aparecen manchados rojo de sangre. En el video, el hilo de sangre mancha a la sociedad venezolana excepto a una niña, quizás en un atisbo de esperanza que reproduce el tópico de la infancia "inocente" o "los niños son el futuro" que aparece en otros temas. Resulta paradójico que el mensaje "todos somos culpables" de la violencia cotidiana que mata inocentes es un mensaje que podría tener eco en el discurso oficial sobre el crimen y la violencia. Particularmente en los llamados a la ciudadanía de parte de personeros del gobierno para que eviten exhibir joyas o posesiones de lujo y que no manejen con las ventanas del carro bajadas. El gobierno, no obstante, anunció a través de VTV en agosto de ese año, que "investigaría" al "rapero" y su video en el contexto de la Ley Resorte.
Estos videos poseen un interesante mecanismo retórico, el uso de jóvenes y niños para reforzar valores tradicionales sobre la familia mediante el uso de un caos que lo amenaza todo (el caos encarnado en violencia, drogas y crimen). En la manera en que son giros retóricos hay que preguntar ¿cuál es la reacción que causan en el público al que estos textos se dirigen cuando etiquetan como "caóticos" espacios de la ciudad marcados por la violencia? El término "retórica del caos" lo usa Leslie D. Smith para analizar estrategias de oposición que usa la derecha ultracristiana en los EEUU. Estas estrategias se afincan en un conjunto de actitudes y emociones socioculturales asumidas sin cuestionamiento y que avivan el miedo que un texto en general puede presentar. Burke, en Language as Symbolic Action (1966) llama a este tipo de textos e imágenes "terministic screen" o un tabique terminalizante, un conjunto de términos que redirige la atención y con los cuales el lenguaje se vuelve el conjunto de herramientas que arman una realidad inevitable a partir de datos vagamente conexos o sin sentido ninguno. A diferencia del caso que analiza Smith, en la Venezuela de hoy los "datos" se apilan en la morgue.
En un medio cercano al video, el cine, se puede trazar el tropo del niño delincuente en películas de los años setenta como Soy un delincuente (1976) de Clemente de la Cerda y como parte de un género latinoamericano que incluiría Pixote (1978) en Brasil y un gran número de películas colombianas. Las técnicas narrativas del video han codificado los temas generales, el lenguaje y la imaginería del cine en producciones como las de Canserbero y OneShot, o bien las ha condensado en las letras de canciones como "Niños pequeños que se conocen todos los lugares" de Mestiza y Neblinna. En términos de cultura de masa y "popular" estos raps son una de las muchas formas de ser y estar en la modernidad como "pueblo", como sugiere Jesús Martín-Barbero. Estas formas de ser se anclan en un conjunto de valores y en una historia cultural que en Venezuela hablan de espacios vueltos significativos y con frecuencia conflictivos y entrecruzados por la inmigración rural y las culturas del consumo marcadas por el petróleo. De igual modo que el poema clave de Vicente Gerbasi en 1945 afirma que "Venimos de la noche y hacia la noche vamos" y se hace eco de una serie de valores que resuenan en el proyecto modernizador de Acción Democrática que claramente abarcaban y redibujaban la noción de pueblo como agente de cambio, el poema habla de culturas y pueblos en movimiento encarnados en la figura de su padre inmigrante. El grupo Tráfico, en los ochenta, rescribe este verso en su Manifiesto que comienza "Venimos de la noche y hacia la calle vamos". El gesto paródico reconoce el espacio de la ciudad, sus espacios urbanos como fundamento de la cultura. Como artefactos, tanto el poema de Gerbasi como la escritura de Tráfico están plenos de metáforas utilizadas como vehículos del sentido, pueden como tales llevar al lector de un espacio discursivo a otro, e incluso dan pie a una forma del gusto. En cuanto a las canciones y los videos acá, estos parecen habitar una nueva forma de lo real, el evento. En éste, el instante fractura el momento y hace una otredad violentamente distinta de lo cotidiano en la cual el futuro aparece aniquilado. En un mundo que se derrumba, así sea una forma de exageración incestuosa, ¿para qué sirven las metáforas? o incluso ¿la retórica? En un mundo, como dice Josefina Ludmer, donde el poder emancipatorio, revelador y subversivo de la obra de arte ha sido diluido en los medios de comunicación masivos y la globalización electrónica, el arte se hace ficticio, piezas a-metafóricas que rehacen y reproducen discursos que están siempre fabricando el presente, construyendo el mundo, sus tiempos, sus sujetos y sus territorios. Venezuela está candela fabrica este mundo de instantes quebrados y sugiere otra ficción al final, "si  así seguimos no seremos gobernados por los Estados Unidos sino por los reptilianos".

23 diciembre, 2014

Gambito Obama, o los acuerdos con La Habana

Miguel Ángel Martínez Meucci

A finales del 2014, la administración Obama ha materializado lo que podría interpretarse como el primer paso visible hacia una nueva etapa de las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba. Luego de más de 5 décadas marcadas por la lógica de la Guerra Fría, la confrontación y el embargo comercial, el actual presidente estadounidense ha decidido apostar radicalmente por el desarrollo de una nueva política hacia Cuba. No cabe duda de que se trata de un gran paso en la historia de las relaciones entre ambos países, aunque todavía no sepamos muy bien hacia dónde las conducirá. Por lo pronto, trataremos aquí de ofrecer algunos elementos de juicio para sopesar el eventual acierto o error de esta audaz apuesta política del presidente Obama, que bien podría interpretarse como un verdadero gambito para destrabar una posición históricamente trancada.

Lo primero que cabría analizar para hacer un primer balance de esta decisión (que sobreviene como fruto de 18 meses de conversaciones secretas, facilitadas por el gobierno de Canadá) es la situación en que se produce. Probablemente, el elemento más importante sea la sostenida caída de los precios del petróleo, la cual viene golpeando severamente al chavismo, principal socio y aliado del castrismo. El abaratamiento del crudo es el principal acelerador (aunque no sea, ni remotamente, la única causa) de la debacle económica en Venezuela, la cual a su vez constituye un grave factor de inestabilidad para la “Revolución Bolivariana” y sus socios regionales.

Tal circunstancia incrementa exponencialmente la gravedad del principal factor de inestabilidad que viene experimentando el oficialismo venezolano durante los últimos años: el fallecimiento de Hugo Chávez y las consiguientes luchas intestinas del chavismo por el control del Estado “revolucionario y socialista”. La inestabilidad ya crónica del gobierno de Nicolás Maduro, así como su cada vez menor solvencia financiera, representan un duro golpe para toda una serie de actores regionales que se acostumbraron a contar con el inestimable apoyo económico y/o logístico del chavismo.

Dicho apoyo llegó a ser tan importante que el eje La Habana-Caracas logró influir notablemente en la política hemisférica, al punto de obtener resultados relevantes en su particular cruzada contra la OEA, la Carta Democrática Interamericana, la CIDH y los esquemas liberales de integración comercial (CAN, MERCOSUR, G3). En su lugar, la última década observó el advenimiento de diversos gobiernos de la llamada “nueva izquierda latinoamericana” (siempre con la simpatía y apoyo del chavismo) y la creación de esquemas como ALBA, UNASUR y CELAC, todos ellos caracterizados por su particular desconfianza hacia los EEUU y su evidente respaldo a Cuba.

La administración Obama entendió que tenía la batalla poco menos que perdida en este nuevo contexto, y que no tenía nada que ganar jugando bajo el tipo de juego diplomático que fueron impulsando Chávez, Lula y compañía. En consecuencia, su apuesta se ha venido dirigiendo hacia el intento (más o menos intuitivo) de implantar nuevas reglas del juego en su actitud hacia la región, a través de una política sistemática de promoción del diálogo y de evasión de la confrontación hábilmente impulsada por Caracas y desde La Habana. En el entendido de que la atrevida actitud de los "revolucionarios" cubanos y venezolanos se ha sustentado en su uso geopolítico del petróleo, el impulso de nuevas tecnologías de extracción de crudo en el territorio de los Estados Unidos ha sido parte importante de esta nueva visión, o del intento de dar con ella.

En tal sentido, cabe resaltar que las negociaciones entre Obama y La Habana se habrían iniciado en un momento crítico para el eje La Habana-Caracas, con la muerte de Chávez y en medio de la polémica llegada de Maduro a la presidencia de Venezuela. Asimismo, dichas negociaciones han ido discurriendo de forma paralela al proceso de diálogo en Colombia, el cual se desarrolla, precisamente, en la capital cubana (¿es una casualidad que la tregua unilateral indefinida decretada por las FARC llegue el mismo día que se anuncia el acuerdo Obama-Castro?). Cabe imaginarse entonces un proceso de diálogos múltiples y entrecruzados, orientado a la realización de ciertos ajustes de un orden regional que el castrochavismo impulsó en una dirección mientras contaron con altos precios del petróleo, pero que se hace difícilmente sostenible con la caída de los mismos y en ausencia de Chávez. En otras palabras, en la medida que la “Revolución Bolivariana” se fractura y debilita, la posición negociadora del castrismo (y de sus socias las FARC) también tiende a resentirse.

Para cerrar este breve cuadro, conviene señalar que Obama se enfrenta ahora, y por los dos años que le restan a su legislatura, a un hostil congreso de mayoría republicana. En tal situación, las posibilidades de que la próxima elección presidencial en los Estados Unidos sea ganada por el Partido Demócrata probablemente pasan por la capacidad del presidente actual de desplegar toda su energía para anotarse grandes y sonadas victorias políticas. Así las cosas, imprimir un giro radical a la política que su nación ha venido desarrollando históricamente hacia al régimen castrista podría muy bien ser una apuesta de gran interés, especialmente si esa política tradicional no viene rindiendo grandes resultados y si el hecho de cambiarla implica más bien poco que perder en términos relativos.

Todo parece indicar que tanto Obama como Santos están pensando en la VII Cumbre de las Américas, que se desarrollará el 10-11 abril del 2015 en Ciudad de Panamá, como un escenario de gran importancia para realzar el balance de sus respectivos mandatos. Para Obama, será un momento crucial para demostrar que los Estados Unidos no han perdido terreno en la política hemisférica (recordemos que desde la cumbre anterior, en Cartagena 2012, Cuba fue invitada a participar en Panamá, en un gesto que "aisló" a los EEUU), mientras que para Santos sería esencial poder mostrar resultados prácticamente definitivos con respecto a “su” proceso de paz con las FARC. Mientras que Obama aún debe justificar su Premio Nobel de la Paz, Santos está buscando el suyo.

Está claro que reabrir las relaciones diplomáticas con La Habana es una medida relativamente poco costosa para Obama. Aunque seguramente le hará perder muchos votos en Florida, no parece (en principio) que le vaya a reportar otras pérdidas importantes en el resto del país. Por otro lado, significa el abandono, desde la presidencia de los EEUU, de una medida (el embargo) que no estaba brindando grandes resultados, y el traslado de su entera responsabilidad al Congreso de mayoría republicana. Obama tendrá ahora algo que mostrar ante los presidentes latinoamericanos (que tan celosos se han mostrado en definitiva a la hora de defender al régimen castrista), abriendo (quizás) las posibilidades para un diálogo regional más franco y fructífero. Pero sobre todo, Obama tendrá también la oportunidad de hacer ver a los republicanos como una fuerza política opuesta a la paz, empeñada en mantener a los Estados Unidos en perpetuo conflicto.

Sin embargo, la medida no está exenta de costos, para el propio Obama y para los Estados Unidos en general. Con el giro desarrollado hacia Cuba por parte de su presidencia, Washington quizás esté dando un paso atrás en la defensa de la Carta Democrática, el documento que desde 2001 se constituyó en verdadera hoja de ruta para la consolidación de la democracia en el hemisferio y la columna vertebral de la doctrina estadounidense hacia América Latina en la post-Guerra Fría. Igualmente, la medida parece abrir las puertas para la discusión de un posible futuro reingreso de Cuba a la OEA. Expresamente se apuesta por establecer relaciones similares a las que se han venido desarrollando con Vietnam y con China, en donde los temas de la democracia y los derechos humanos han cedido su lugar al comercio y el reconocimiento mutuo, y en donde la apertura comercial ha fortalecido en vez de debilitar a los regímenes autocráticos de turno. En cierto sentido, Obama sacrifica el ideal de la democracia por el de la paz, quizás en el entendido de que un progresivo fortalecimiento de los lazos comerciales y turísticos redundará, eventualmente, en la facilitación de una transición a la democracia. De momento, la fórmula no ha surtido efecto en países como China o Vietnam, pero nada quita que pueda hacerlo en algún momento futuro.

En definitiva, con las medidas anunciadas, ¿quién se beneficia más de los acuerdos recientemente alcanzados? ¿Es posible afirmar que alguna de las partes “se salió con la suya”? Aún es pronto para saberlo con propiedad. Por lo pronto, está claro que, con estos acuerdos, Cuba obtiene mucho cediendo muy poco (apenas la liberación de varios presos políticos y la supresión de algunos controles al Internet en la isla), mientras que los Estados Unidos quizás estén perdiendo la oportunidad de exigir algo más al castrismo, precisamente en el momento en que podrían haber apretado mucho más. Para el régimen cubano, el acuerdo no sólo abre las puertas a considerables ingresos (tremendamente necesarios ante la creciente precariedad de la situación venezolana) y a una disminución de las tensiones políticas internas, sino que le permite obtener un reconocimiento diplomático siempre anhelado en momentos críticos, precisamente en el momento en que peor se vislumbraba su futuro.

Podemos concluir señalando que, en el corto plazo, el régimen castrista ha dado un paso enorme en su propósito de ser plenamente aceptado en el hemisferio, a pesar de su condición de autocracia. En cambio, se requerirá más tiempo para comprobar si la reapertura de las relaciones diplomáticas a costa de dejar de exigir democracia (o el gambito que decidió jugarse Obama) ha sido verdaderamente lo que la historia pudiera recordar como el primer paso firme hacia la democratización de la isla (y, quizás, de algunos de sus socios en el continente), o si, por el contrario, fue un paso más en lo que parece ser ya una tendencia general a nivel mundial en los albores del siglo XXI: la merma progresiva de unos mínimos estándares democráticos como referencia obligante en la política internacional.

28 octubre, 2014

Del gobierno grotesco al Estado esperpéntico


Juan Pablo Gómez
 
Si tomamos como principio básico del pesimismo la negación del progreso y la pérdida de esperanza en la civilización, tendremos que asumir que en Venezuela nos hallamos ante el pesimismo como condición y perspectiva. “Estamos en el peor de los mundos posibles” reza la máxima sumaria  de Schopenhauer. A día de hoy, no podríamos vacilar al decir “estamos en el peor de los países posibles” si consideramos las circunstancias a fondo y con detalle. Muchos saldrían a decir que en tal o cual país se vive todavía peor y no faltarían a la verdad. Pero el asunto está en considerar que esos países puede que no cuenten con la riqueza, el potencial y la historia del nuestro.  Es decir, nuestra situación no se justifica ni es fácil de explicar ni pretextar. La candidez, al estilo de Voltaire, se esfumó hace mucho y nos encontramos –por primera vez en nuestra historia- frente a una trágica vorágine de emigración masiva, justamente por parte de quienes son las más conscientes y asumen que no merecen esto, que este no es ya el país en el que nacieron y crecieron. Las razones más alegadas para el abandono del país: la criminalidad, la inflación y, ahora, el desabastecimiento. Razones comprensibles y justificadas. A tal punto que nadie pide explicaciones, sino datos, vías u opciones de escape para, a su vez, tratar de hacer lo mismo. Quien no está emigrando, está buscando la forma de hacerlo (aunque sea a largo plazo o a través de sus hijos). Pero tampoco vale mucho hacer una lista de lo que está mal y achacar las responsabilidades directas en determinados gobernantes, si antes no hacemos una valoración más general y precisa. Venezuela padeció una crisis económica y una debilitación peligrosa de la institucionalidad en los años 80. El caracazo fue la consecuencia más cruentamente visible porque se dio en forma de estallido. El país requería una revisión de sus cimientos institucionales. Buena parte de la población rural se movilizó hacia las grandes urbes, sobre todo hacia Caracas, creando una serie de gigantescos anillos marginales, es decir, personas que viven al margen (de la ciudad, de la vida social, del acceso a las oportunidades de vida digna, etc.). El proceso llevaba décadas y fue paulatino e incesante hasta hacerse cada vez más insostenible: corrupción, criminalidad e inflación empezaron a cabalgar con fuerza sobre nuestra realidad social. A eso habría que sumarle la desgraciada condición histórica de país rentista y fuertemente enviciado por la mala administración y  peor distribución de los recursos. La pobreza acrecentó y la clase media se debilitó. El país estaba listo para emprender un proceso de renovación política, social y económica que reactivara la participación de las grandes mayorías en la toma de decisiones sobre los bienes comunes. Dos intentonas golpistas y la deposición de un presidente labraron el camino para un intento de redención en 1998: convocar una asamblea constituyente, sanear la institucionalidad y democratizar a la sociedad. El proceso fue tan fulgurante y exitoso que sembró las bases para una nueva crisis institucional. El desmontaje del Estado burgués sólo sufrió unos retoques de fachada y se aprovechó el relevo de individuos de acción política para terminar de sepultar cualquier posibilidad digna y seria de renovación. Es decir, el remedio fue peor que la enfermedad. El chavismo instaló el discurso eternamente revanchista (clásica artimaña de imposición) y reivindicador sin ofrecer cambios reales: justamente el cambio más patente ni siquiera es el discurso mismo sino su forma violenta. Ahora el pueblo está en el poder, suelen decir. Su estrategia es la visibilización de los pobres. No más que eso. Olvidando que es la máxima “democrática” de siempre y es sólo un truco más dentro del amplio espectro de dominación y de mantenimiento del poder. Pervirtiendo también la posibilidad de sacarlos de la pobreza, a cambio de tomarlos como objeto y fin de todas las supuestas acciones benefactoras que nunca se demuestran con números.  A eso hay que sumarle el proceso menos visible de la regresión: el chavismo asumió como bandera la incorporación de todo lo que había sido relegado y de todo lo que se había quedado atrás. Pero eso también incluye un importante cúmulo de primitivismo y sordidez que entran en el paquete. Este punto es uno de los más álgidos y complejos de todo el proceso, justamente porque es inaccesible a la racionalidad. Luego está la incorporación doctrinaria de la Fuerza Armada nacional. A esto se le suma la bonanza petrolera de la primera década de este siglo y, también, los desaciertos en forma y fondo de las estrategias de políticos que trataron de ofrecer alternativas. El resultado es un sistema grotesco: control de cambio, control de precios, control mediático, control jurídico, control militar y control institucional por parte de una serie de individuos que conforman grupúsculos de poder y que parecen  estar dispuestos a cualquier cosa con tal de no perder el poder. Uno de ellos llegó a decir que no quitarían el control de cambio nunca porque si lo hacían, les tumbarían el gobierno. Es decir, lo que importa no es el país sino que ellos se mantengan gobernando. Además se hace cada vez más evidente la multiplicidad de sujetos ejerciendo el poder y tomando las decisiones (algunos desde la sombra). Esto ha ocasionado incluso enfrentamientos directos entre organismos de seguridad del Estado. Para no entrar ya en el debate sobre los colectivos armados, “patriotas” cuando les conviene y “delincuentes” cuando dejan de convenirles. Adicionalmente, están las escabrosas muertes de Montoya, Otaiza, Serra, Odremán y los asesinatos de múltiples escoltas de altos funcionarios, dejando entrever el desaguisado general de los cuerpos policiales y los entes gubernamentales  Las luchas intestinas dentro del partido de gobierno (PSUV), así como la disidencia interna, son sólo síntomas de un malestar generalizado dentro de una revolución que perdió el norte (no se sabe si realmente lo tuvo alguna vez), y que está en vías de entrar en una todavía más precaria situación económica, debido a la caída de los precios del petróleo. Lo grotesco es lo  “ridículo, extravagante, grosero, irregular y de mal gusto”. Así nuestro gobierno no guarda relación alguna con las formas y vive exclusivamente de un aceitado sistema de dominación por todos los medios posibles. Justamente, la revolución ha consistido en un proceso de deformación perenne; una descomposición moral, anímica y económica de nuestra sociedad. Los revolucionarios lo justifican todo en base a la abstracción de igualdad y justicia y en su afán, se lo llevan todo por delante, empezando por ellos mismos.  “Las revoluciones prosperan en la precariedad”, llegó a afirmar un célebre artífice de las políticas económicas del chavismo. Que la gente dependa cada vez más del Estado y que el Estado se vuelva cada vez más esperpéntico. Lo último a lo que estamos llegando es a la desmotivación y desvalorización del trabajo. La gente se está dando cuenta que la diferencia económica entre trabajar y no hacerlo es cada vez menor, por tanto, se abre un abanico de atajos para hacerse con ingresos que no favorecen en nada al bien social y común. Y es esa la descomposición social definitiva. Como diría Groucho Marx: “Estábamos al borde del abismo…..pero dimos un paso al frente”. ¿Qué es el esperpento? Un hecho grotesco y desatinado. Todo se reduce a un desatino inconmensurable que habrá que recomponer algún día. Pero vislumbrar esperanza se torna arduo cuando el sistema hace del ciudadano su víctima necesaria, como decía Schopenhauer que hace el mundo con el ser humano.

01 octubre, 2014

El oscuro señor Otro: ¿Tiempos líquidos y/o autoritarios?


el momento instituyente, fundador
y justificador del derecho implica
 una fuerza realizativa,
(…) y  una llamada a la creencia
Jacques Derrida

Juan Cristóbal Castro

La anécdota es de Slavoj Žižek. La diferencia entre un padre moderno de uno posmoderno radica en el tipo de regaño que le da a su hijo. El primero  dice: “no me importa lo que sientas, pero visita a tu abuela”. El segundo esgrime en tono más dulce: “sabes lo tanto que te quiere tu abuela, ahora quiero que la visites sólo si te provoca”. Para el “Elvis de la filosofía” la segunda fórmula es más efectiva. ¿La razón? Simple: no sólo te manipula sentimentalmente, sino que te hace creer que decides de forma libre; funciona mejor, para ponerlo en términos althusserianos, la dimensión de la “interpelación”.
La anécdota sirve para pensar, no sin cierto esquematismo, las diferencias entre los regímenes de autoridad de la democracia representativa y lo que una vez en Venezuela se dio en llamar “democracia participativa”. Si la primera habla por ti (te “re-presenta”), la segunda lo hace por igual, pero muchas veces usando tu boca y haciéndote sentir mal si no “participas”. Desde los noventa a los venezolanos les dio por hacer asambleas por todas partes, sintiéndose “libres” cuando detrás hablaban el mismo vocabulario del mandamás. Así siguió y, detrás del proceso constituyente que terminó en uno de los documentos más perfectos en cuanto a derechos humanos, estaba el voluntarismo chavista usando la voz de todos.
Pensemos en La Ola. El profesor Rainer Wenger es alguien que se viste de chaqueta de cuero, oye Ramones, es “cool”. Al proponer el curso sobre “dictadura”, ejerce los medios más eficaces de la “democracia participativa”: decide en votación con sus estudiantes las reglas a seguir, consulta, discute. Todo perfecto, pero al final, termina de forma autoritaria. ¿Por qué? Detrás de su igualitarismo, estaba el régimen de autoridad de la escuela y la experiencia del profe, funcionando como factor que inducía las decisiones de todos, quienes al seguir las prácticas del culto personalista y de secta, terminaron siendo atrapados por ellas. La misma historia sucedió en muchos lugares. Venezuela es un ejemplo reciente.
Ahora, esto no quiere decir que al régimen de autoridad de la democracia representativa no tenga también sus problemas. Tampoco quiere decir que muchas de las propuestas de la democracia participativa, tanto en sus vertientes comunitarias como en las profesionales, no sean importantes y renovadoras para estos tiempos.
El problema no va por ahí. Va por otro lado.

Autorictas versus transparencia
Por un tiempo se quiso pensar los cambios históricos entre una y otra vertiente como tábula rasa. Craso error. Las transformaciones sociales y culturales no se dan sino como nuevas formas de intercambio entre distintas instancias, nunca como formas de superación radical; todavía los reyes existen en el mundo, por más cool republicanos que queramos ser, lo que cambia es su manera de actuar junto con un parlamento, unas leyes y una ciudadanía.
Hasta ahora yo no he visto que los “indignados” y la “multitud” hayan podido establecer un régimen propio, o hayan podido cambiar el Estado o el mercado; todavía las minorías organizadas siguen siendo más fuertes que las mayorías anarquizadas, lo que no quita que sean formas de protesta legítima. Menos aún he visto que, por votaciones primarias, se tomen decisiones correctas. De modo que todavía los partidos nos sirven como mediadores en ciertos asuntos, y el modelo republicano de la autonomía de los poderes (legislativo, judicial y ejecutivo) sirve como forma para limitar el ejercicio soberano del Estado, que sigue viviendo bajo formas des-territoriales, mafiosas y caudillescas en muchos casos, como el venezolano.
Si estoy en lo correcto, entonces la democracia participativa para que no devenga en un mecanismo tiránico, o en una promesa espuria y falsa, debe tener una régimen de autoridad que sea parecido al sistema de la democracia representativa, por decirlo forma chata. Dicho así, lo importante es pensar mejor ese régimen de autoridad en estos tiempos.
¿Pero cómo hacer ese ejercicio, si uno de los fetiches de nuestra era “post” es “liberarnos” de cualquier forma de “autoridad”, que ven como sinónimo de autoritarismo? Por un lado los comunitaristas y ultra liberales, exigiendo formas de participación y transparencia como un absoluto; por otro lado, neoliberales imponiendo la lógica de la productividad, la eficiencia, la estadística y el número por encima de cualquier otra instancia de valor.
El resultado fatal es que en los países endebles, faltos de una tradición institucional, esas demandas terminaron diluyéndose en nuevas formas de autoritarismo anti-político. La necesidad de cambio obligó a apostar así por el voluntarismo personalista, modelo cultural que aparece en tiempos de crisis. Y es que para sobrevivir como sociedad siempre necesitaremos de cierto orden. Los estudios del padre Alejandro Moreno bien lo muestra: a falta de autoridades (maestros con prestigio, padres en el hogar, doctores con orgullo de serlo), son los malandros lo que mandan.
El problema, dicho de otra forma, no es socavar la autoridad en la utopía de la transparencia participativa. El problema es qué tipo de autoridad queremos: una plural que involucra instituciones y distintos regímenes, que pueda ser más efectiva en sus distintas instancias sin dejarse chantajear por la demanda de productividad de los tiempos competitivos, o una absoluta que “hable por nosotros” y nos escuche e interprete  y entienda.
Detengámonos brevemente en este punto.

El orden de la pluralidad
            Por lo general cuando pensamos en autoridad la vinculamos con “dominio”. Para Myriam Renault d’Allones es la “antítesis del ‘imperium’ y de la ‘potestas’” (30). No ordena, sino “propone” y “rectifica”. Aunque está muy vinculada al poder, se diferencia de él porque tiene un suplemento que reside en la creencia y una dimensión de “reconocimiento”, que promueve eso que Hanna Arendt catalogó de “disimetría no jerárquica”.
            En Venezuela se piensa que hablar de autoridad es hablar de autoritarismo. Lo curioso es que los feministas, descoloniales, subalternistas, que siguen al gobierno y critican las instituciones, prefieren defender a un militar chapucero que tortura a estudiantes y vigila la población, que a un profesor de una universidad o un político de un partido o a un sindicalista.
            Que quede claro: la autoridad ni es lo contrario de democracia y participación, ni es  lo mismo que poder. Se mueve en otro plano. Tampoco la misma democracia moderna es sinónimo de participación e inclusión, y menos aún de elección, a menos que creamos que lo que Pilatos hizo con Cristo fue democrático, o que Hitler fue un gran demócrata por llegar al poder por elecciones.
La democracia moderna, como lo han dicho muchos especialistas, es un régimen de construcción permanente de lo común, algo que se da en una tensa conjunción de valores y mediaciones republicanas, liberales y populares, que buscan satisfacer demandas de inclusión heterogéneas y disímiles: de minorías, mayorías, excluidos, subalternos y profesionales. Por ello requiere de una constante intermediación de distintas formas de autoridad.
            Así como no existe un lugar de pura transparencia en el lenguaje, siempre mediado por creencias y valores, tampoco existe un punto cero de igualación total, de cero autoridad, que resulta además de homogeneizador, profundamente violento. De hecho, ese es el imaginario más frecuente usado por los más grandes tiranos; fetiche que prodiga por cierto muchos seguidores de la “democracia participativa”.
            Un poder para que tenga autoridad debe generar cierto grado de credibilidad, y a la vez debe ser reconocido por los que lo siguen. Por ejemplo, para que un entrenador genere respeto debe de tener experiencia, conocimiento, coherencia, honestidad, y a la vez tiene que gozar de la consideración de sus jugadores, porque de lo contrario, no lo obedecerían; no tendría “autoridad”.
            Para los romanos, siguiendo a Myriam Revault d’Allonnes, la fuente de autoridad reside en la tradición y la memoria de los grandes, mientras para los griegos residía más bien en la capacidad de la “polis” de rehacerse continuamente; también uno puede ver cómo en la Edad Media fue importante el principio de encarnación del cuerpo del rey como cuerpo de Dios.
Con la modernidad hubo una crisis de estos regímenes de autoridad, según advierte la filósofa, en el sentido no sólo de que empezó a cuestionarse algunos de los presupuestos metafísicos de estos órdenes, sino que se pluralizaron las formas de autoridad, complejizando el panorama.
El sujeto cartesiano no sigue ningún orden por encima de sí mismo. No tiene vínculo con el pasado. Sólo tiene la duda; recordemos lo que le criticaba Hamman a Kant del peligro purista de ver la razón fuera de la tradición y la creencia. Frente a eso, se dieron varias formas de autoridad. Además de las ya mencionadas, que siguieron su vida en ciertos rituales institucionales, está la autoridad contractual (el pacto entre varios, que produce leyes) y la autoridad de eso que Max Weber llamó “carisma”, arma de doble filo para muchas democracias.
            Myriam Revault d’Allonnes, destaca la dimensión temporal de la autoridad, vinculada con la tradición: “se sitúa simultáneamente hacia atrás, como fuerza de proposición, y hacia delante, como elemento de ratificación o de validación” (30). También consideró el reconocimiento como un contrato de “creencia” en eso que Weber llamó “herrschaft”; eso quiere decir que a la autoridad le delego mi poder por un tiempo porque creo en sus capacidades, como sucede en el ejemplo que cité con los jugadores y su entrenador.
            La autoridad es entonces plural en estos tiempos, necesita de una reciprocidad entre quienes la ejercen y la siguen, basada en un suerte de pacto de creencia, en eso que Paul Valéry llamó “fiducia”. Además, no es absoluta: dura lo que el pacto establece. Y, por último, se sostiene en una dimensión temporal en la que entra la posibilidad de recrear y actualizar una tradición
            Ahora, aclarado estos puntos, voy a Venezuela.

Punto poco fijo
            Sabemos la historia. El proyecto y la cultura política que se abrió con el “pacto de punto fijo”, denominado por Juan Carlos Rey como “sistema populista de conciliación”, se vino abajo y no hubo la suficiente voluntad de reactualizarlo bajo las demandas de la nueva realidad de los noventa.
Este sistema se dio como una “gran coalición o alianza, en parte expresa y en parte tácita, de partidos  políticos y grupos sociales diversos, heterogéneos y poderosos, basada en el reconocimiento de la legitimidad de los intereses que abarca y en la creación de un sistema de negociación, transacciones, compromisos y conciliaciones entre ellos”, advierte el politólogo venezolano. 
Uno de sus pilares eran los partidos en alianza con otras instituciones de importancia: los sindicatos (CTV), el sector privado (Fedecámaras), las fuerzas armadas (Alto Mando Militar) y la misma Iglesia. Pero para consolidarse, para proponer un cambio de cultural política radical en el país, debió valerse de recursos imaginarios, simbólicos, que iban más allá del formalismo institucional, de la propuesta electoral, o de la mera necesidad de un pacto de convivencia.
Esta legitimación tenía un soporte imaginario que, a diferencia del culto bolivariano del que se valieron los autócratas Páez, Guzmán Blanco o Gómez, buscaba acercar a la gente y convencerla de formar parte de la nueva forma de gobernar. Este imaginario fue el credo popular. Si uno rastrea todo el trabajo de la generación del 28 se dará cuenta que ellos fundan una suerte de ficción nacional-popular en obras de literatura, en estilos de hablar, escribir y pensar, en formas del folklore, y de usar el cine y la radio, que sirven para modelar ese nuevo sujeto venezolano que va a terminar siendo el ciudadano “nacional” después del pacto de punto fijo.
Fue una manera de anclar en el imaginario de una Venezuela todavía semi-rural y analfabeta, campesina, los presupuestos de una democracia y su tejido institucional. Tuvo ciertamente sus fallos y, quizás ya en los mismos sesenta con las nuevas generaciones de intelectuales y creadores que estaban abriéndose a otras estéticas y discursos, se veía sus suturas y limitaciones (entre ellas, el mismo personalismo populista, cuyos residuos quedaron firmemente anclados en nuestra cultura y que sirvió a Chávez para llegar al poder).
Ahora bien, estas formas de hacer política del “puntofijismo” en los ochenta y noventa entran en crisis, como bien lo han dicho muchos, porque no pudo renovarse y perpetuarse bajo las nuevas condiciones sociales y culturales de la era global. Por eso quiero pensar mejor esa coyuntura.

Multitudes y subjetividades
Más allá de los factores que he mencionado, es bueno considerar un factor general que nos puede servir para pensar esta crisis de régimen de autoridad. Me refiero al cambio, para ponernos un poco posmarxistas, de un modelo capitalista fordista a uno post-fordista. Erik Del Búfalo desarrolla una inteligente reflexión sobre ello. En Capitalismo 2.0 advierte que en esta era el capitalismo es inmaterial (la fuerza de trabajo opera cada vez más en las nuevas tecnologías), hay una mayor flexibilización del trabajo y mayor rapidez en nuestras maneras de actuar, lo que determina que nuestras formas de establecer regímenes de autoridad sean más volátiles y plurales.
Otro punto que destaca son las limitaciones de la categoría de “clase” como paradigma interpretativo para pensar la sociedad. Con Marx era claro ver las diferencias entre la clase obrera y la burguesía, pero en estos tiempos con el auge de la cultura de masas y otros medios de comunicación, y los cambios del capitalismo pos-fordista, se complejiza esta noción con lo que muchos teóricos han hablado como “modos de vida”.
Una persona del barrio con muy bajos ingresos puede compartir estilos de música, de cine, usos de lenguaje, más con alguien de clase alta que con su mismo vecino. Esto, por supuesto, no quiere decir que no haya pobres, o excluidos, sino que relativiza los usos de estos conceptos, que han sido férreamente utilizados por el gobierno y por la oposición “oficial”.
Para los partidos y los políticos esto significa una mayor fragmentación de su militancia, que ya no se construye bajo perfiles clásicos como el de la masa obrera, sino aparece desde demandas más diversas: de ecologistas, de afroamericanos, de grupos promotores de diversidad sexual, y otras comunidades y subjetividades (patineteros, motorizados, hipoperos), junto a los reclamos de mejores condiciones de vida, de sueldo, de participación.
Claro, insisto que los cambios nunca son “tábula rasa”. Todavía siguen habiendo elementos muy particulares de distinción entre las clases, y el capitalismo fordista sigue conviviendo con el post-fordista. Lo distinto es, como trato de decir, que se abrió un nuevo sistema de relaciones que no hemos podido dilucidar bien.

Cambio de la política
Este nuevo momento que viene dándose desde los noventa se mostró en el campo de la política en un nuevo sistema de relaciones de poder. Pierre Rosanvallon propone pensar estas nuevas formas de hacer política bajo tres tendencias: la vigilancia, la denuncia y la calificación.
La primera es fácil: el poder no sólo nos vigila, sino también se expone a la vigilancia ciudadana, gracias a las tecnologías y las redes. Grupos sociales disímiles usan tantos los medios como las calles para protestar cada vez con más frecuencia (nuevas formas de activismo), y autoridades “notables” desde distintos emporios critican, rebajan o pontifican. También está la cada vez constante tendencia de ser auditado y evaluado para ver la eficacia y la productividad de los trabajos, así como para comprobar que no hay robo o peculado.
 La segunda, la denuncia, muestra lo fácil que es ahora criticar. Nunca antes como en estos tiempos el cuestionamiento es escuchado y diseminado por muchos lados, incluso cuando es una simple difamación. El mejor ejemplo es se ve en el periodismo en sus diferentes modalidades (amarillista, militante, profesional): hace seguimiento a los personajes públicos con más pericia y de manera más personalizada con miras a poner a prueba su reputación y prestigio.
Finalmente, la tercera tendencia, la calificación, consiste “en la evaluación documentada, técnicamente argumentada, a menudo cuantificada, de acciones particulares o de políticas más generales”, dice el autor. Cada vez más aumentan las maneras de hacer seguimiento y peritaje de las acciones de nuestro gobernados y líderes y calificarlos frente a su productividad.
En el período que abrió el pacto de punto fijo las diferencias se dirimían en el terreno de lo electoral y de la negociación de élites (representantes de los sindicatos, de los partidos y otras instituciones, en la clásica reunión de whiskeys y repartos, que no dejaban de ser importantes). Pero esas formas de lidiar con el conflicto sufrieron una gran eclosión, por decirlo de una forma.
Dos fueron las razones: la refracción de los sujetos y comunidades (los  obreros o estudiantes, sujetos privilegiados de los partidos, ahora veían aparecer otros sujetos: ecologistas, feministas y demás grupos y subgrupos), y la difícil confrontación con estas nuevas formas de democracia que bien describe Rosanvallon, donde los medios empezaron a ocupar un rol muy importante.
La imposibilidad de lidiar con las nuevas tensiones y demandas de esta realidad abrió, en definitiva, el campo para la llegada del chavismo, un movimiento de poder personalista que usó muy bien el quiebre que generó esos contrapoderes y comunidades para acabar lo poco que quedaba de autoridad en las instituciones representativas (y otras más) y en los avances de la cultura política que se había logrado; tan es así, que hasta pervirtió el pacto electoral, violando la sana competencia que requiere éste para que sea justa.
Sé que es fastidioso volver a ese tema, pero me parece importante recordar algunas cosas que olvidamos muy rápido.

Caudillos transparentes
¿Qué hizo Chávez? Fácil: tomó a Bolívar, a los subalternos heroicos del populismo nacional, a Cristo, al anti-imperialismo latinoamericanista renovado por la invasión a Irak del neocon Bush, y a cuanto símbolo había con prestigio, para promover un ideario personal. Encarnó al pueblo y al país. Y así, junto al referendo continuo que siempre fue visto como sinónimo de democracia participativa, erigió así una autoridad absoluta, trascendental, que por más abierta que fuera, tenía su límite: dependía de él.
Desde ahí fue minando las otras formas de autoridad: las del maestro, quien debía seguir su ideario porque si no, no educada bien; las de los padres, que tenían que rendir pleitesía o de lo contrario, no enseñaba bien los valores revolucionarios; las de los gerentes, entrenadores, médicos, periodistas, y gentes mayores de edad, que pasaban por el mismo dilema.
Un estado general de desconfianza fue acabando con las posibilidades de seguir otros regímenes de autoridad, y cuando eso sucede, ya no hablamos de autoridad sino de autoritarismo.
Ahora bien, lo curioso es que se valió de un elemento que ya estaba en la sociedad: la demolición de la credibilidad por parte de la comunidad “líquida”, la intensificación de una de las tendencias de la contra democracia de Rosanvallon. ¿No fue por ejemplo el discurso de la corrupción un elemento clave en la desmoralización de los partidos, promovida por los medios y algunas agencias de “corrección política” internacional y que Chávez muy bien usó?
Vivimos actualmente en una sociedad de control donde todos nos vigilamos y nos vemos con sospecha. Una de las formas de (contra)democracia actual, siguiendo a Rosanvallon, se ha ido imponiendo sobre los demás, creando con ello una obsesión por la transparencia que dinamita cualquier forma de relación amplia: “La sociedad de la transparencia es una sociedad de la desconfianza y de la sospecha, que, a causa de la desaparición de la confianza, se apoya en el control”, explica Byung-Chul Han. “La potente exigencia de transparencia –agrega- indica precisamente que el fundamento moral de la sociedad se ha hecho frágil, que los valores morales, como la honradez y la lealtad, pierden cada vez más su significación”.
Esta es la raíz del esquema neoliberal de productividad, que ha invadido desde los noventa todas las instancias de autoridad e institucionalidad (educación, gerencia, deporte, cultura), imponiendo un solo patrón (costo y beneficio) sobre otros valores, y prodigando la sospecha como su fórmula preferida para atacar lo “improductivo”. Bajo ese sino la autoridad del partido y el político cayó en desprestigio: ya no se confía en su labor; sus reuniones son de reparto, sus acciones son siempre lentas, no resuelven nuestras demandas. Tan es así, que no hace mucho “notables” líderes hablaban de hacer primarias para votar por el secretario general de la MUD.
Chávez, que era astuto y con buen olfato, logró estar en el poder y prodigar esa desconfianza a niveles nunca antes visto en nuestra historia republicana. Recogió nuestra educación posmoderna en la sospecha y la diseminó como nunca en nuestra sociedad. Con ello logró, no sólo justificar su poder trascendental, sino algo peor: que no podamos crear una alternativa sólida.
La pregunta que uno puede hacerse ahora es clara: ¿cómo restablecer las fuentes de autoridad de la democracia representativa y de otras instituciones, minadas por el chavismo, que a su vez puedan satisfacer estas demandas que he descrito, muchas de ellas propias de la democracia directa?

Tiempos nuevos
La respuesta no es fácil. Propongo pensarla, tomando en cuenta mis limitaciones en este asunto de “especialistas”, en dos dimensiones: una individual, otra institucional.
A nivel individual, el político debe ser dúctil y accesible, sin dejar de ser coherente; responsable e inteligente, sin dejar de usar un lenguaje popular; consciente que su oficio conlleva compromisos con diversas instancias sociales y públicas, pero también proyecciones inconscientes de ciudadanías cada vez más diversas. En la actual situación venezolana, debe rescatar una instancia que ha perdido notablemente: el ejercicio ciudadano e intelectual.
Para ello debe trabajar en tres frentes. Uno verbal: promover una pedagogía argumentativa, que destaque el valor de la palabra para persuadir, ahora que tiene más visibilidad dentro de la comunidades que atiende y ahora que es más fácil estar expuesto a la discusión, y eso significa también proveer formas para conectar en sus discursos la satisfacción de necesidades (comida, luz, servicios) con la necesidad de rescatar valores institucionales (libertad, respeto, igualdad, compromiso). Otro cultural: hacer ver que en todo momento es parte de una tradición institucional, que rescata y actualiza para un futuro mejor, que no está sólo sino es parte de una herencia. Y otra social: escuchar y entender distintas comunidades, trabajar con especialistas que ayuden a realizar en concreto formas viables y creativas de vivir en común: parques, plazas, museos, bibliotecas, actividades culturales y deportivas.
A nivel institucional, los partidos y otras instancias “representativas” deben establecer nuevas formas de relación con las demandas y subjetividades de estos tiempos, siguiendo algunos preceptos de la democracia participativa y de los valores multiculturales, sin caer en sus chantajes. Paralelamente, siguiendo a Myriam Revault d’Allonnes, debe hacer el esfuerzo de insertarse dentro de una tradición republicana que mezcle las tradiciones populares propias del país, actualizándola con algunos valores multiculturales que vivimos en esta era global.  
Lo último, a mi modo de ver, es muy importante. Si el chavismo es una mezcla de lo peor del culto bolivariano con los residuos del culto popular, que evidenció que en ambos se esconde el imaginario personalista, es bueno entender que se hace necesario trabajar una política cultural e identitaria distinta que tenga suficiente fuerza para darle anclaje y legitimidad a las instituciones democráticas. Sin un imaginario republicano sólido y dinámico, poco podremos hacer. No veo otra instancia. Lamentablemente nuestros políticos insisten en citar a Vírgenes y Santos, y se olvidan qué más han hecho por el país un Brito Figueroa o un Vargas, que estas entidades espirituales que corresponde a otro orbe, muy legítimo por cierto.
La maquinaria clientelar, que el chavismo aprendió de atrás, interpela a un sujeto siempre necesitado que necesita de un hombre fuerte. Sin dejar de considerar esa terrible tradición, es bueno buscar maneras de “socializar” el discurso  y los valores sin propagar esta forma de interpelación, que ya de antemano excluye.
La ausencia de una estrategia concreta y posible en las movilizaciones de estos últimos meses, por no decir la manera tan irresponsable con que se afrontó la situación (para unos, como los chavistas, todo era de “clase media”; para otros, como los “notables”, era cuestión de voluntarismo y salir a dejar la vida), para dejárselos a los estudiantes y a los militares, dice mucho de las deficiencias de nuestra “oposición”.
Si la verdadera “salida” es la “entrada” a las elecciones legislativas u otra alternativa, ¿tendremos la suficiente fuerza para capitalizar el voto o las movilizaciones de mucha gente cada vez más disgregada e incomunicada, por falta de medios, para enfrentar los chantajes, compras y controles del gobierno?
También habrá que preguntarse si tendremos fuerza de reacción en caso de que de nuevo las instituciones maduristas armen una más de sus trampas, o si sus militares desarrollen nuevos métodos de represión. Porque hasta ahora, con el respeto que se merecen, no ha funcionado la respuesta el tiempo de Dios o la nostalgia por un Caracazo para redimirnos, y menos aún, las salidas a pegar gritos y poner los cuerpos para morir “libres” sin un plan claro y coherente.
           
Poder y autoridad como relación
Vivimos un momento de pluralización de la política y de diversificación de los regímenes de autoridad. Frente a ello, Venezuela respondió en los noventa con volver a la sombra del hombre fuerte. Es tarea ahora de nuestros políticos y ciudadanos proponer otra vía de reinstitucionalización acorde con los tiempos.
Participación deliberativa, no igualitarista, y autoridad institucional, sin fetichismo idolátrico, necesitan repensarse. Si la primera es un ejercicio constante de secularización de lo común, de llevar al terreno de lo histórico y lo concreto nuestros proyectos de vida social, la segunda es una práctica constante de ordenamiento y fijación trascendente de lo público, que busca darnos referentes de vivencia que no se queden atrapados en la satisfacción egoísta e inmediata.
Ambas se necesitan: la segunda establece los marcos a partir de los cuales la primera se conduce, es decir, sus normas y horizontes, mientras la primera actualiza y transforma los presupuestos de la segunda para no cosificarse o hacerse autoritaria. Ambas están (re)configurándose en la calle, con protestas y marchas, y en las oficinas y en los buró con negociaciones y acuerdos. Su sobrevivencia está en las acciones y en las discusiones, en las discordias y los encuentros que logren establecer nuevas relaciones de convivencia dignas y dinámicas. De su interacción conflictiva nace la política, el ejercicio constante de hacer comunidad.
Si me empujan mucho, estaría tentando a proponer un modelo de lo que llamaría como una “democracia relacional”, pero no me tomen en serio porque no soy politólogo y no entiendo de estadísticas, focus group o encuestas. En todo caso, esa democracia sería una que rescate los parámetros institucionales más importantes de la democracia liberal y representativa, con las demandas viables de la democracia participativa; un modelo de democracia que pueda vincular valores republicanos (educación pública, autonomía de los poderes, salud), con valores liberales (libertad de culto, de prensa, de mercado) y con valores comunitarios y ultra-liberales (grupos, cooperativas, ong’s y asociaciones de diversa índole).
Sería una democracia que pueda trabajar en dos dimensiones. Que busque constantemente relacionar lo macro (ajustes económicos, deudas públicas y demás políticas del Estado) con lo micro (satisfacción de intereses de las diversas comunidades y subjetividades que pueblan el país).
Pero no necesito ese empujón. Creo que es lo que se viene tratando de hacer en Venezuela con una verdadera alternativa, si prevalece la buena voluntad sobre los liderazgos personalistas, y si de verdad nos dedicamos a “pensar” bien.
Ahora, ya para cerrar, destaco un punto. Es claro que muchos de nosotros hemos aprendido la necesidad de las instituciones, y sobre todo la de los partidos, pero la gran pregunta que hay que hacerse con mucha honestidad es si somos capaces de entender y aceptar bien sus nuevas formas de relación y autoridad en los tiempos que vivimos y bajo las realidades que nos dejó el chavismo.
Amanecerá y veremos.



Bibliografía
Del Búfalo, Erik. “Capitalismo 2.0”. http://nagarimagazine.com/capitalismo-2-0-conferencia-erik-del-bufalo/
Han, Byung-Chul. La sociedad de la transparencia. Barcelona: Herder Editorial, 2013.
Revault d’Allonnes, Myriam. El poder de los comienzos: Ensayo sobre la autoridad. Buenos Aires: Amorrortu, 2008.
Rey, Juan Carlos. “Esplendores y miserias de los partidos políticos en la historia del pensamiento venezolano”. Caracas: Boletín de la Academia Nacional de la Historia, N 343, 2003.
Rosavallon, Pierre. La contrademocracia: la política en la era de la desconfianza. Buenos Aires: Manantial, 2007.